martes, 16 de agosto de 2022

Celebran al beato y mártir acapulqueño, Bartolomé Dias-Laurel

MARTES 16 DE AGOSTO DE 2022

Celebran al beato y mártir acapulqueño, Bartolomé Dias-Laurel
Con un desfile y una misa en la Catedral se llevó a cabo el festejo en honor al santo patrono y protector de las y los catequistas

Catequistas de toda la ciudad asistieron al festejo de su santo patrono. /Foto: Heidi Nieves | El Sol de Acapulco.
Heidi Nieves | El Sol de Acapulco


Con las medidas de salud correspondientes, casi un millar de catequistas participaron en la celebración del beato Mártir, Fray Bartolomé Dias-Laurel.

El beato Bartolomé es patrono y protector de los catequistas, nació en Acapulco , donde recibió su iniciación cristiana y murió quemado vivo el 17 de agosto de 1627 en la colina de Nishizaka, en Nagasaki, Japón.


La misa fue presidida por el arzobispo de Acapulco, monseñor Leopoldo González. /Foto: Heidi Nieves | El Sol de Acapulco.


El contingente partió desde el Barrio del Pozo de la Nación. /Foto: Heidi Nieves | El Sol de Acapulco.


Un ambiente de fiesta se vivió en el desfile en honor al beato acapulqueño. /Foto: Heidi Nieves | El Sol de Acapulco.

Catequistas de diversas parroquias acudieron a la celebración. /Foto: Heidi Nieves | El Sol de Acapulco.


Catequistas llevaban la imagwn adornada del beato mártir/Foto: Heidi Nieves | El Sol de Acapulco.


El festejo continúa este miércoles con la celebración de un encuentro de catequistas. /Foto: Heidi Nieves | El Sol de Acapulco.

La conmemoración se realizó en un ambiente festivo donde hubo cantos y porras que siguieron la imagen arreglada en un carro alegórico adornado con flores y globos.

La caminata partió del barrio histórico del Pozo de la Nación , donde se dieron cita más de 800 catequistas y se iluminó una Santa Misa por parte del arzobispo, Leopoldo González en la catedral de Nuestra Señora de la Soledad.

Llevando los respectivos estandartes de sus parroquias, llegaron a la catedral de Nuestra Señora de la Soledad en el zócalo, que se vio desbordada con la algarabía de todos.


Luego del desfile se celebró una misa en la Catedral de Nuestra Señora de la Soledad. /Foto: Heidi Nieves | El Sol de Acapulco.

Este miércoles, se realizará un recorrido en lancha a las 7 de la mañana, que formará parte de la festividad , conmemorando el 20 aniversario de la colocación de la nueva escultura de la Reina de los Mares, y los 40 años de la visita de Santa Teresa de Calcuta a Acapulco.

El padre Juan Carlos Flores Rivas, tendrá que posteriormente, a las 10 de la mañana se tendrá un encuentro de catequistas de toda la ciudad en la nueva catedral de Acapulco.

viernes, 27 de agosto de 2021

DECRETO DEL PAPA INOCENCIO XI SOBRE LA CAUSA DEL MARTIRIO DE LOS MARTIRES DEL JAPON ALFONSO NAVARRETE OP Y COMPAÑEROS

 


DECRETOS DE LOS SOBERANOS PONTIFICES

EN TORNO A LA CAUSA DE LOS MARTIRES DEL JAPON,

ALFONSO NAVARRETE OP Y COMPAÑEROS.

 

I.—Decreto del Papa Inocencio XI sobre la causa del martirio.

Diciembre 25 de enero de 1687.

 

Proposito per Emi. et Reverendiss. D. Card. Azzolinum Ponentem in S. R. Congregatione ordinaria., seu particulari ex dispensatione apostolica, Dubio: An constet de martyrio ex parte tyranni in casu et ad effectum de quo agitur, in causa prædictorum Servorum Dei; eadem S. Congregatio, auditis votis Dominorum Consultorum in duabus praeteritis Congregationibus habitis die 27 Januarii 1685, et 30 Augusti 1686; audito pariter R. P. Fidei Promotore in voce et in scriptis, discussoque prædicto Dubio, censuit Constare de martyrio ex parte tyranni; si SS. Domino nostro placuerit. Dic 25 Januarii 1687.

A Card. CYBO.

BERNARDINUS CASALIUS S. R. C. Secretarius.

 

         TRADUCCION LIBRE.

 

Eminentísimo y Reverendísimo Cardenal Don Azzolino, Prepósito Ponente en Sacra Congregación ordinaria, sobre el particular de la dispensación apostólica, en relación a la Duda: Si constando el testimonio por parte de tiranos, en el caso y para los efectos, de lo que se trata, escuchados los votos de los señores consultores en dos congregaciones pasadas, tenidas el día 27 de enero de 1685, y 30 de agosto de 1686; escuchado el parecer favorable del Reverendo Padre Promotor de la Fe, a viva voz y por escrito, sobre la discutida Duda antes dicha, consta el martirio por parte de tiranos; sí le agrada a nuestro Santísimo Señor. Diciembre 25 de enero de 1687.

 

         A Cardenal Cybo.                   Bernardino Casalius. R. C Secretario

miércoles, 25 de agosto de 2021

CAPITULO XXXVI. ACTAS DE LA BEATIFICACION DE LOS 205 MARTIRES DEL JAPON, ALFONSO NAVARRETE OP Y COMPAÑEROS.

 


CAPITULO XXXVI. 

ACTAS DE LA BEATIFICACION DE LOS 205 MARTIRES DEL JAPON, ALFONSO NAVARRETE OP Y COMPAÑEROS.

Ya desde el año de 1623, la Sagrada Congregación de Ritos, habiendo recibido las relaciones auténticas de las gloriosas muertes de algunos siervos de Dios, sufridas en odio de la fe, había ordenado al Nuncio apostólico de España en Madrid, y al administrador del obispado de la China, que tomasen informaciones jurídicas; y en ejecución de estas órdenes, fueron extendidos en 1624 y 1625, dos procesos verbales, que contienen las deposiciones de treinta y tres testigos dignos de fe. Después en 1626, el padre Sebastián Vieira de la Compañía de Jesús, procurador de la misión del Japón, el mismo que más tarde murió allí también, atormentado en la fosa ardiente y con el fuego, vino a Roma, donde fue preguntado, como testigo ocular, sobre las muertes de otros muchos mártires, acaecidas posteriormente a las precedentes relaciones.

Tan pronto como los miembros de la Familia Spínola tuvieron noticia de estas, se dirigieron al cardenal Juan Domingo Spínola, obispo de Luca, rogándole que promoviese, con cuanto poder tuviera, la causa de su bienaventurado pariente. He aquí la carta que le escribieron los principales miembros de la Familia de Locoli, de fecha de Enero de 1627. " El cruel martirio que el Padre Carlos Spínola, de la Compañía de Jesús, ha sufrido en el Japón, después de una prisión de muchos años, nos ha inspirado a todos el deseo de dar a este héroe cristiano alguna señal de un piadoso recuerdo. Y como este hecho glorioso no solo se sabe por el rumor público, sino que también han sido preguntados algunos testigos en presencia del Vicario de Su Santidad, nosotros nos tomamos la confianza, en nombre de toda la familia, de ocurrir a vuestra eminencia, que entre ella ocupa el primer rango, rogándole que si lo juzga conveniente, emplee todos sus esfuerzos cerca de Su Santidad, a nombre de todos nosotros, para obtener Letras remisoriales, en cuya virtud se puedan, por autoridad apostólica, tomar informaciones auténticas en el Japón y por otras partes. Toda la familia quedará eternamente reconocida por esta gracia a Nuestro Santo Padre el Papa, y a vuestra eminencia, a quien saludamos con respeto. Génova, y Enero 1 de 1627. Vuestros obedientes servidores, Esteban, María y Jacobo Spínola, jefes de la familia de los Locoli." Los miembros de otra rama de los Spínola escribieron por su parte en estos términos. "Muchos meses ha que se ha oído decir, y después se ha confirmado por los Padres de la Compañía de Jesús, que el Padre Carlos Spínola, de su Orden, enviado al Japón para que cultivase la viña del Señor, después de sufrir una prisión horrible, recibió la corona del martirio con una muerte tan cruel como gloriosa; además sabemos, que el Vicario de Su Santidad, y algún otro tribunal han recibido las informaciones ordinarias. Y como se trata de un miembro de nuestra familia, cuya vida y admirable muerte pueden glorificar a Dios, creemos de nuestro deber contribuir a esta obra en cuanto podamos. Por esta razón suplicamos a vuestra eminencia se digne interponer su autoridad, de la manera que sea conveniente, ciertos como estamos, que se ocupará con su piedad acostumbrada, de este negocio que interesa a toda la Familia. Génova, Enero 2 de 1627. Vuestros humildes servidores, Juan Nicolás Spínola, Leonardo Spínola, jefes de la familia."

Después de recibidas estas cartas, el Cardenal, por acto público, nombró al Padre Virgilio Cepari de la misma Compañía, postulador de la causa, el cual inmediatamente presentó su memoria, no solo sobre el martirio del venerable Padre Spinola, sino lambien sobre los otros mártires, y en particular sobre los de diversas Órdenes religiosas. Entonces el rey de España v los procuradores de las diversas religiones hicieron nuevas instancias; y en Noviembre de 1627, el Papa Urbano VIII ordenó que se expidiesen Letras remisoriales al arzobispo de Manila en las Islas Filipinas, y al obispo del Japón residente en Macao en China, para que tomasen las informaciones, no solamente sobre. los mártires contenidos en la memoria propuesta, sino también sobre todos los otros, para quienes se hallasen testigos.

En 1630 y 632 pudieron ya extenderse cuatro procesos verbales solemnes, uno en Manila y tres en Macao, firmados por otros sesenta y un testigos que depusieron sobre la vida y muerte de cada mártir; los que fueron aprobados en Roma como válidos, y la causa fue discutida en muchas congregaciones. Según el dictamen del promotor de la fe, se comenzó por examinar la duda de si verdaderamente constaba del martirio de parte del tirano," y resuelta afirmativamente, fue confirmada por un decreto del Papa Inocencio XI, expedido en 3 de Febrero de 1676. Mientras que por otra parte se trataba de la duda, respecto del martirio material y formal de los mismos mártires, la Santa Sede recibía apremiantes súplicas de la república de Génova, de los reyes de España y Portugal, del emperador Leopoldo y de la emperatriz Eleonora de Austria. He aquí, entre Otras, una de las primeras cartas que la república de Génova dirigió al Papa Clemente IX: "Santísimo Padre: se trata de una causa general, en la que dentro de poco se presentarán a Vuestra Santidad las actas de la canonización del venerable Carlos Spínola. Él quiso, eligiendo la mejor parle, sobrepasar la imperecedera gloria que sus abuelos adquirieron en sus gloriosas empresas por mar y tierra; y por esto, despreciando todos los atractivos del mundo, se consagró al servicio de Dios en la Compañía de Jesús, a la edad de veinte años: a los treinta pasó al Japón, conducido por el deseo de propagar la fe; y allí, después de diversos tormentos que sufrió por espacio de cuatro años en una muy dura prisión, murió lleno de virtudes a los cincuenta y ocho de su edad, quemado a fuego lento. Es en gran manera útil a la república cristiana que se conserve siempre. la memoria de este hombre, que confirmó con su sangre la divinidad de nuestra fe, pues el ejemplo de este ilustre mártir excita en los fieles el deseo de caminar sobre sus huellas. Por esto suplicamos humildemente a Vuestra Santidad, que en virtud de su autoridad pontificia, inscriba al glorioso mártir Carlos Spínola en el número de los santos, entre los que, como es de creer, hace ya mucho tiempo que goza de la felicidad eterna. Esto arrojará un grande esplendor sobre la ilustre Compañía de Jesús, que con tanta solicitud se emplea en la conversión de los infieles, y sobre la noble familia Spínola que por muchos títulos nos es querida: y será también un estímulo especial para nosotros, que respetuosamente besamos vuestros sagrados pies, y pedimos a Dios os conceda una larga prosperidad. Génova, Noviembre 22 de 1667. Vuestros muy devotos y muy obedientes hijos, el Dux y gobernadores de Génova.”

Esta república hizo más todavía: dirigió otras cartas a Inocencio XI, instándole con calor por la expedición de la causa. Alejandro VIII quiso definirla, y proceder sin entrar en la discusión particular de los signos y de los milagros, según la antigua costumbre de la Iglesia y el común sentir de los Padres y de los Doctores; Pero la muerte que le arrebató, después de un breve pontificado, no le permitió tomar sobre este punto el parecer de la Congregación general, que debía deliberar en su presencia. La causa quedó así en suspenso, y permaneció en el olvido hasta nuestros días.

La solemne canonización de los veintiséis mártires del Japón, celebrada en 1862, revivió la memoria de estos otros ilustres héroes de la fe. Entonces los Padres Vicente Aquarone, Bernardino de la Gruta de Castro, Nicolás Primavera y José Boero, postuladores generales de sus Órdenes respectivas de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín y la Compañía de Jesús. suplicaron a Su Santidad Pio IX, que permitiese recomenzase la causa y que fuese propuesta: “discusión, con el voto del promotor de la fe, en Congregación diputada al efecto. A estas instancias, se reunieron las de muchos Cardenales y obispos de Italia, de Francia y de Inglaterra, las de los Vicarios apostólicos de Mayssour, de Fiam, de sa, de Sułchen, y en en fin, de la noble familia Spinola. El Santo Padre concedió con bondad la instancia que se le pedia, y nombró una Congregación particular de cinco Cardenales, que con los prelados empleados en la Sagrada Congregación, discutiesen los puntos con cuidado y según las formas judiciales establecidas.

Con este motivo se suscitó de nuevo la controversia, agitada en otras ocasiones. y que aún no estaba solucionada, sobre: "si en las causas de los mártires donde claramente conste del martirio y de sus motivos, es todavía de absoluta necesidad exigir signos o milagros para proceder a la beatificación.” Se expuso sobre este punto una corta “Memoria”, en que después de haber establecido los caracteres y los signos de los que frecuentemente se hace mención en las actas de los se mártires, se demuestra que era uso muy antiguo de la Iglesia, practicado por más de diez y seis siglos, dar culto a los mártires sin ningún examen jurídico de los milagros, cuando las actas de su muerte habían sido reconocidas auténticas. Este uso, escribe en sus Anales el Cardenal Baronio, nadie lo había introducido en la primitiva Iglesia sin la autoridad de los Apóstoles, si no se hubiera sabido que venía de tradición Apostólica.

Además ésta es la opinión de teólogos y canonistas más notables, y de los autores más célebres que han escrito en esta materia; y lo es también de los auditores de la Rota, en las relaciones en causas de los mártires, y al presente, es igualmente el sentir de la Santa Sede de la Sagrada Congregación, respecto de los mártires que se han extraído de las catacumbas de Roma, cuyo culto se permite, cuando por pruebas indubitables consta de su martirio. En fin, como el martirio, según dicen los Padres, tiene la virtud de perdonar la culpa y la pena, a manera de un segundo bautismo, y entraña un acto de caridad muy perfecta, de ningún modo puede dudarse de la gloria del mártir, cuando no queda duda sobre la verdad del martirio, que es uno de los signos característicos de la Iglesia Católica, distinto del signo de los milagros.

Estos motivos y otros más, expuestos ya sucintamente en las antiguas memorias, y de una manera más amplia en esta vez, fueron examinados con grande atención en dos sesiones, y después de haber considerado de nuevo las circunstancias particulares de esta causa, se llegó a la conclusión, que nuestro Santo Padre el Papa Pío IX se dignó confirmar, publicando el 26 de febrero de 1867, en la Gran Sala del Colegio Romano, el decreto  siguiente: “Consta del martirio por parte de los mártires, de suerte que, en el caso presente, se puede proceder a la beatificación; y consta igualmente la verdad de cuatro de los signos o milagros propuestos, a saber: del cuarto, del duodécimo, del décimo tercio y décimo cuarto, que son, la prodigiosa conservación e integridad de los cuerpos y de los vestidos de los venerables Pedro de la Asunción y Fernando de San José; la prodigiosa conservación e integridad de un libro manuscrito sacado de las aguas; la prodigiosa salvación de un navío en un inminente naufragio, y la curación milagrosa de Sor Petronila Orsini, enferma de un mal caduco.

Ahora solo restaba preguntar a los Consultores y a otros Cardenales de la Sagrada Congregación de Ritos, si, asentado esto, se podía proceder con seguridad a la beatificación solemne. Su respuesta fue afirmativa, sin excepción, y Su Santidad Pio IX confirmó este parecer por el decreto que publicó el día 30 de Abril de 1867, en la Biblioteca Angélica del convento de San Agustín.

domingo, 15 de agosto de 2021

CAPITULO XXXV: LOS MILAGROS EN LA CAUSA DE BETIFICACION DE LOS 205 MARTIRES DEL JAPON, ALFONSO NAVARRETE OP Y COMPAÑEROS.

 


CAPITULO XXXV.

 

Prodigios con que, en diferentes épocas, Dios ha glorificado a los bienaventurados mártires del Japón Alfonso Navarrete OP, y compañeros.

 

Vamos a terminar refiriendo algunos de los milagros que Dios se ha dignado obrar en honor de nuestros bienaventurados mártires. Verdad es que cuando se trata de los mártires, los milagros que en ellos deben considerarse son, su constancia en la confesión de la fe, y su valor en soportar hasta la muerte los más crueles tormentos. Así lo ha dicho San Eusebio, obispo de Córdova, en su Apologético: "Verdaderamente es necesario creer que la grandeza de los mártires consiste, no en los prodigios y milagros, sino en la integridad de la fe y en la constancia en profesarla." Pero como quiera que sea, Dios se ha complacido también en honrar a sus siervos mediante los milagros.

Ya hemos hablado de algunos. Por ejemplo: se vio una muy brillante v extraordinaria luz, que descendió del cielo y se fijó sobre el lugar del martirio de los Bienaventurados Pedro de la Asunción y Juan Bautista Machado; sobre los cinco mártires crucificados en Cocura, y sobre los cincuenta y dos bienaventurados del gran martirio: hemos dicho que los huesos y las reliquias de los Beatos Fernando de San José y Pedro de Zúñiga, exhalaban un olor sobrenatural; que muchos enfermos se aliviaron de sus dolencias al contacto de la tierra humedecida con la sangre y mezclada con las cenizas del B. Francisco Pacheco v de sus compañeros. También se ha hablado de la invención y de la incorruptibilidad de los cuerpos de los beatos Pedro de la Asunción y Fernando de San José, confirmada con una multitud de testigos oculares.

Y no solamente en el Japón ha glorificado Dios a sus siervos, sino también en Europa. En el año de 1671, D. Bernardino Orsocci obtuvo un milagro insigne por intercesión del B. Angel Orsucci. Navegaba de Viareggio a Liorna con algunos parientes y más de cincuenta soldados, y después de dos horas de una navegación feliz, en la tarde del 10 de Agosto se levantó una furiosa tempestad, que iba en aumento con la noche. El buque era pequeño e incapaz de resistir la impetuosidad de las olas: en un instante perdió et timón, un mástil y las velas principales. Con el choque de las enormes olas comenzó a hacer agua por muchas partes, y no era posible agotarla. El piloto, aterrado, gritó que ya no había esperanza de salvación: entonces los marineros, lo mismo que los pasajeros, levantaron los ojos al cielo y llorando, a grandes gritos, invocaron la protección de los santos; y viéndose perdidos, comenzaron a desnudarse, para arrojarse a nado tan luego como el buque comenzase a irse a pique: en estas circunstancias, D. Bernardino Orsucci tuvo la feliz inspiración de decirles: "¿Y por qué no nos encomendamos al Padre Angel Orsucci? Yo soy su sobrino, y aquí están otros dos sobrinos suyos, él nos salvará la vida. " Dicho esto, invocó al bienaventurado con estas precisas palabras: " Padre Angel, ahora es tiempo de que hagas conocer si sois mártir, y si estás bienaventurado en el cielo.' Todos los demás se arrodillaron, y después de hacer un acto de contrición, les impartió D. Bernardino la absolución sacramental, y ellos más bien con sus lágrimas que con sus palabras, imploraban el socorro del B. mártir: entonces algunos escucharon en los aires una voz que decía: "No teman, tienen un buen piloto, que con seguridad los conducirá al puerto." Y al momento, sin saber cómo, el navío retrocede, y aunque le eran contrarias las corrientes y el viento, y aunque se había alejado más de ocho millas de la playa, según la deposición unánime de todos los testigos, como si el navío hubiese sido conducido a mano, llegó a la playa, sin velas, sin timón, y sin que ni los marineros, ni los pasajeros hubiesen perdido cosa alguna, mientras que la mar estaba por todas partes cubierta de tablas y restos de otros navíos, que siendo mucho mejores, no habían podido resistir a la tempestad. Esta salvación milagrosa fue confirmada en el proceso verbal apostólico levantado en Luca, por diez testigos de los de la tripulación, y especialmente por el piloto.

Petronila Orsini, oblata del monasterio de Torre di Specchi en Roma, hacia quince y más años que padecía un mal inveterado. Mensualmente y aun con más frecuencia tenía unas crisis, en las que cayendo en tierra sufría extraordinarias convulsiones y arrojaba espuma por la boca. Siendo de más de cuarenta años, y la enfermedad tan antigua, los médicos la declararon incurable, y juzgaron inútiles todos los remedios. En 1628, el Padre Fabio Spínola, de la Compañía de Jesús, regaló a Sor Petronila una piadosa imágen del venerable Padre Carlos Spínola, martirizado pocos años antes en odio de la fe: ella sintió nacer en el fondo de su corazón una firme confianza de alcanzar la salud por intercesión del siervo de Dios; en consecuencia, se encomendó a él con todo su corazón, y le prometió rezar diariamente a honor suyo algunas oraciones. Fue al momento escuchada, y el mal cesó enteramente hasta su muerte: así lo depusieron en el proceso verbal apostólico cinco religiosas oblatas del mismo monasterio, además del testimonio del médico Juan Manelfi, y el del Padre jesuita Nicolás Badelli.

Este prodigio excitó la confianza de otras dos religiosas benedictinas del convento de Santa Ana de Roma. La primera, Sor Octavia Bernesi, más de un año sufrió los más crueles dolores en el pecho, a consecuencia de habérsele introducido accidentalmente una gruesa aguja y no poder extraerla: se encomendó fervientemente al venerable Padre Carlos Spínola, y luego la aguja salió por si sola sin dolor, y aun sin dejarle cicatriz alguna. La otra hermana, Claudia, conversa, tenía en el estómago un tumor canceroso, no podía retener ningún alimento, sino que lo deponía todo, con gran cantidad de sangre. Viéndose reducida a una debilidad extrema, y no esperando remedio de los médicos, invocó al venerable Padre Spínola, y al momento quedó radicalmente curada.

El día 18 de Mayo de 1663, la escuadra francesa bombardeaba la ciudad de Génova, y una bomba con la mecha encendida cayó en la cámara donde estaba D. Felipe Spínola, conde de Tassarolo. En este conflicto, el piadoso conde se vuelve hacia el retrato del venerable Padre Spínola, que estaba colgado a la pared, y que le había enviado de Roma su pariente el Padre Luis Spínola. La bomba reventó con horrible fragor, y quemó y destruyó en parte lo que había en la cámara; pero ni el conde, ni la imagen del siervo de Dios recibieron el menor daño. D. Felipe declaró este hecho bajo la fe del juramento, en un testimonio escrito de mano de un notario público.

jueves, 5 de agosto de 2021

CAPITULO XXXIV. CONDICION DE LA CRISTIANDAD DEL JAPON EN EL SIGLO XVII.

 


CAPITULO XXXIV.

 

Condición los doscientos cinco mártires. Destrucción de la cristiandad del Japón. Esperanzas para el porvenir.

 

En todo lo antecedente hemos dado, con objeto de edificar a los fieles, las relaciones sucintas de treinta y dos martirios, según el orden de los tiempos en que tuvieron lugar, extractadas de memorias auténticas, y de testimonios confirmados con la fe del juramento. Estas relaciones reunidas contienen los martirios de doscientos cinco confesores de la fe de Jesucristo, consumados con diversos géneros de muerte en odio y por la defensa de fe católica. Según el catálogo presentado a los jueces apostólicos en Manila y en Macao por los procuradores de las cuatro Ordenes religiosas, pertenecen a los Padres dominicos, veintiún religiosos sacerdotes, clérigos y legos, y veinticuatro seculares tanto del Tercer Orden, como sirvientes de los Padres: a la Orden de San Francisco pertenecen diez y ocho religiosos presbíteros, clérigos y legos, y once seculares del Tercer Orden; y los ermitaños de San Agustín, cinco sacerdotes y seis seglares terceros; finalmente, a la Compañía de Jesús, pertenecen treinta y tres religiosos sacerdotes, escolares y hermanos coadjutores con siete catequistas y diversos huéspedes y domésticos.

Muchos otros mártires seculares de los dos sexos no pueden clasificarse así, ni atribuirlos a quien tenga derecho, porque estos buenos cristianos, deseando santificarse más y más, se afiliaban sucesivamente en muchas Ordenes y cofradías como son la del Santo Rosario, del Cinto, de las Sagradas Llagas, y las Congregaciones en honor de la Virgen Santísima, de San Francisco Javier, de San Ignacio otras muchas que los misioneros establecían como otras tantas escuelas de piedad y de perfección cristiana.

Aunque nuestras relaciones solo lleguen al año de 1632, no por eso hemos de creer que la persecución cesó en esta época, y que ya no hubo mártires en el Japón. Desde 1633 a 1646, además de cien cristianos seglares, se cuentan siete religiosos de Santo Domingo, dos de San Francisco, otros dos agustinos, y cuarenta y tres de la Compañía de Jesús, muertos a fuego lento, o con el tormento horrible de la tosa. Estos fueron los últimos que permanecieron o que pudieron penetrar al Japón; pues las intrigas de los holandeses y de los ingleses, tanto los españoles como los portugueses, fueron excluidos de todo comercio con este país, en virtud de un edicto de perpetuo destierro. Además, el emperador publicó una ley, ordenando bajo pena de muerte, a todos los súbditos del imperio, que llevasen al cuello visiblemente una imagen de cualquier ídolo; y todos los extranjeros, que no saltasen a tierra en ninguno de sus puertos, sin hollar al momento con los pies un crucifijo, como una protesta de que nada tenían de común con la ley y el Dios de los cristianos. De esta suerte quedó cerrada la puerta a los misioneros católicos, y la cristiandad fue enteramente destruida. ¡Espantoso ejemplo: y tal vez único en la historia eclesiástica, el de una Iglesia numerosa, floreciente, y regada con la sangre de muchos mártires, que ha desaparecido por una secreta y adorable permisión de Dios!

Pero esa sangre vive, como la semilla arrojada debajo de la tierra, y a su tiempo deberá germinar y dar sus frutos en abundancia. Si, día llegará para el Japón, como ha sucedido en el resto del mundo, en que la sangre de tantos centenares de mártires japoneses y europeos, derramada sobre ese desgraciado país, se reanime, cuando Dios por los ruegos de sus mártires, incline sobre él sus ojos misericordiosos, y haga que de nuevo brille en él la luz del Evangelio. Tenemos ya indicios y hasta puede decirse, pruebas de esta cercana resurrección:  de muchas fuentes nos vienen noticias confirmadas por personas de autoridad, como testigos oculares, de que muchos japoneses guardan en su corazón los principios de la fe católica, y que aún conservan el uso del bautismo; que además, tienen siempre en gran veneración el Santo Monte de los Mártires de Nagasaki, y que en las casas particulares, por diversas partes se ven algunos signos de la religión cristiana.

Por otra parte, la solemne canonización de los primeros veintiséis mártires del Japón, según consta de cartas recientes de los Vicarios apostólicos de Corea y de la China, ha excitado un movimiento religioso en algunas poblaciones del Japón, que se han abocado con los misioneros católicos, pidiéndoles con ansia noticias de Roma y del Vicario de Jesucristo. ¿Qué pues, no hará a su vez esta nueva glorificación de estos otros mártires, cuya mayor parte se compone de japoneses de toda condición, de toda edad y todo sexo?

La causa de estos mártires se había introducido en los tiempos pasados, y planteado con buen suceso; y estaba tan cerca de una conclusión favorable, que la ilustre familia Spínola, había preparado en Génova una suntuosa capilla adornada con los más bellos mármoles para dedicarla al culto del bienaventurado Carlos Spínola, su pariente. Después no se sabe por qué motivo, esa causa fue abandonada y cayó en el olvido por cerca de dos siglos; pero resucitada con celo en estos años últimos, y conducida felizmente a su término, por la benevolencia del Soberano Pontífice Pio IX, ella será, sin duda como una nueva luz que disipe las tinieblas de la idolatría en ese desgraciado imperio. No, no ha sido sin una particular disposición de Dios, que en tan pocos años, y según todas las fórmulas establecidas, hayan tenido lugar la canonización solemne de veintiséis mártires del Japón, y la solemne beatificación de otros doscientos cinco mártires de la misma comarca.

domingo, 30 de mayo de 2021

CAPITULO XXVII. Siete cristianos quemados y ocho decapitados en Nagasaki, el día 17 de Agosto de 1627.



 LOS DOSCIENTOS CINCO MÁRTIRES DEL JAPON. 

RELACION DE LA GLORIOSA MUERTE DE LOS MARTIRES, BEATIFICADOS POR EL SUMO PONTIFICE PIO IX, EL DIA 7 DE JULIO DE 1867.

Escrita por el R. P. Giuseppe Boero de la Compañía de Jesús


CAPITULO XXVII.

 

Siete cristianos quemados y ocho decapitados en Nagasaki, el día 17 de Agosto de 1627.

 

Aun no había pasado in mes, cuando el 17 de Agosto, tres religiosos franciscanos y doce seglares del Japón, unos terceros de San Francisco, y otros de Santo Domingo, recibieron la palma del martirio. Estos fueron Francisco Curobioie, Cayo Yemon, que algunos le creyeron natural de Corea; confundiendo, sin duda con otro Cayo de quien ya hemos hablado; pero más comúnmente y con más razón se asegura que fue de las Islas Amanguchi; Magdalena Kiota, viuda, de sangre real, de Don Francisco de Bungo, y Francisca, también viuda, de muy santa vida.

Los terceros de San Francisco son, Gaspar Vaz y María su mujer, Tomás Vó, Francisco Cufioie, Lucas Kiemon, Luis Matzuo. Martín Gómez y Migııel Kiraiemon, que fue familiar de Don Luis Cerqueira, obispo del Japón.

Todos, cristianos de antigua data y de mucho fervor, ftıeı•on aprehendidos, encarcelados y condenados a muertes por haber hospedado a los Padres y rehusado a conservar la vida, renegando de la fe.

 Siete fueron quemados vivos, a saber: el B. Padre Francisco de Santa María, con los hermanos legos Bartolomé y Antonio, Francisco Cufioie, Gaspar Vaz, Magdalena Kiosa y Francisca; los otros fueron degollados.

Tenemos algunas noticias más particulares sobre los tres religiosos.

El B. Padre Francisco de Santa María, nació en España, en la provincia de la Mancha. Siendo muy joven entró a la Orden de San Francisco realizo su profesión en la provincia de San José. ordenado de sacerdote é inflamado de celo por la conversión de las almas, en 1609 partió para las Filipinas, donde permaneció trece años, ocupado en el ministerio apostólico y en el estudio de los idiomas de aquellas comarcas. En 1622 penetró en el Japón, estuvo allí cuatro años, en medio de continuos peligros, hasta que fue aprehendido en casa de Gaspar y Maria Vaz.

Su compañero, inseparable por muchos años, el bienaventurado Bartolomé Laurel, tomó el hábito en la flor de su edad, y profesó la regla de San Francisco en México su patria: siguió luego al B. Padre Francisco de Santa María a Manila, y después al Japón empleándose, según su clase, en disponer a los fieles para la recepción de los sacramentos, y a los paganos para que abrazasen la fe: fue para todos un ejemplar admirable de humildad, de mortificación y de celo.

El bienaventurado Antonio de San Francisco, japonés, sirvió por mucho tiempo los Padres franciscanos en el empleo de catequista. No estaba presente cuando fueron aprehendidos los otros; pero tan luego como lo supo, él mismo se presentó al gobernador, declarando que era su compañero y que estaba pronto a dar la vida por la defensa de la Fe. Fue preso, y así consiguió lo que tanto deseaba, tener el consuelo de que le recibieran en la Orden como hermano lego, y hacer su profesión entes de ser martirizado (Proceso Apostólico).

sábado, 15 de mayo de 2021

CAPITULO 1: LA GRANDE PERSECUSION JAPONESA

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 LOS DOSCIENTOS CINCO MARTIRES.

 

CAPITULO 1.

 

Persecuciones contra la religión cristiana en el Japón; atrocidad de los tormentos, y gran número de mártires.

 

La Iglesia del Japón, aunque de fundación reciente, ha sido una de las más ilustres por los ejemplos que nos ha dado de su inquebrantable constancia en la fe. El Apóstol San Francisco Javier, fue el primero que en 1549, llevó la luz del Evangelio a ese tan apartado imperio. Durante veintisiete meses recorrió las ciudades principales, penetró hasta Meaco su capital, y a través de mil peligros y con fatigas inauditas, logró convertir a la religión cristiana un gran número de prosélitos, cuyo cuidado confió al celo de sus sucesores. Bajo el reinado de Nobunanga, y en los cinco primeros años de Taicosama, tuvo tal incremento el cristianismo, que el número de los fieles diseminados en los diversos reinos de estas islas, ascendió a doscientos mil. Empero Taicosama abrió la era de las persecuciones en 1596. En esta primera persecución general obtuvieron la palma del martirio veintiséis cristianos que murieron crucificados en Nagasaki, el 5 de Febrero del año 1597. (Entre esos mártires figura en primer término el glorioso mexicano San Felipe de Jesús, canonizado por S. S. Pío IX el día 8 de Junio de 1862. N. d. T.). Su muerte fue seguida de algún reposo, de suerte que, según las relaciones de los misioneros de la Compañía de Jesús, en los ocho años siguientes, se convirtieron y fueron bautizados hasta doscientos cuatro mil infieles.

Después de la muerte de Taicosama, Daifusama, tutor de Findeiori, heredero legítimo de la corona, se apoderó del poder, y con el terror de sus armas avasalló a todos los príncipes del Japón. Este emperador no se manifestó de luego a luego enemigo de los cristianos, y hasta parecía que les era favorable; pero desde que se vio sólidamente sentado sobre el trono, se declaró abiertamente su perseguidor. En el año de 1614, después de haber arrojado de su corte, y despojado de sus bienes a los príncipes y señores cristianos, publicó un edicto en todo el Japón, según el cual, inmediatamente debían ser arrasadas las Iglesias, las casas religiosas, los hospitales y otros lugares semejantes; debían ser quemadas las Cruces, las imágenes de los santos, y todos los libros que tratasen de religión. Los ministros del Evangelio eran obligados a salir del país en un término dado; y todos los que profesasen la ley de Jesucristo debían abandonarla, y profesar de nuevo el culto de los dioses del imperio. El que resistiese o fuese contumaz seria condenado irremisiblemente a perder sus bienes y la vida; su casa seria arrasada y destruida su familia. La misma pena se hacía extensiva a todo el que diese asilo a los sacerdotes y a los cristianos, y aun a los que teniendo conocimiento del hecho no le denunciasen. Xongun, su hijo, y Toxongun, su nieto, que uno después de otro le sucedieron, confirmaron estas leyes, y aun añadieron algunas todavía más crueles.

Esta persecución duró más, de treinta años, y terminó por arruinar casi enteramente esta floreciente cristiandad. A medida que los tiranos inventaban los suplicios más bárbaros, los fieles manifestaban un más grande valor para soportarlos. Fue cosa muy común aplastar al mártir a golpes dados con una maza, cortarle las carnes con un hierro ardiendo, suspenderle de una cruz, y hundirle media cabeza. Los verdugos añadían a esto unos increíbles refinamientos de barbarie: arrancaban al paciente con unas tenazas la piel, los miembros, los músculos y los nervios; les cortaban las carnes en muy pequeños fragmentos, con cuchillos sin afilar; hundían desnudos a unos en agua helada hasta que perdían el calor vital, quemaban a otros a fuego lento por espacio de dos o tres horas; a estos se les colgaba de los pies durante muchos días, teniendo la cabeza hundida en una fosa infecta; y a aquellos se les sumergía poco a poco en aguas sulfurosas é hirvientes que corrompían la carne, la llenaban de gusanos, y vivos aun, les convertían en cadáveres.

Pero, a pesar de estos horribles tormentos, los cristianos ofrecían el maravilloso espectáculo de un valor superior a toda prueba. Se les veía prepararse al martirio, considerándose felices si llegaban a sacrificar su vida por la ley de Jesucristo. Y no solamente las clases inferiores y los hombres robustos o valerosos daban estos ejemplos de intrepidez; también los dieron hombres nobles que pertenecían a familias reales, y que habían sido educados en medio de las comodidades y las delicias de la vida; mujeres de avanzada edad, jóvenes delicadas, y hasta los mismos niños.

A la cabeza de esta noble carrera marchaban los ministros de Dios, los predicadores del Evangelio que de Italia, España, Portugal y México habían ido al Japón para ganar almas a Jesucristo, y procurarse después de infinitas fatigas, un tan doloroso martirio. Estos apóstoles pertenecían a las órdenes religiosas de Santo Domingo, de San Francisco, de San Agustín y de la Compañía de Jesús; y entre ellos había muchos que eran singularmente recomendables por la nobleza de su sangre, por su eminente saber, y sobre todo, por el heroísmo de sus virtudes, y por los penosos trabajos de su apostolado. Además, todos, tanto los religiosos como los laicos, mismo los japoneses que los extranjeros, los cristianos, en fin, más o menos antiguos, lejos de espantarse a vista de los tormentos, corrían digámoslo así como a encontrarlos. Se les veía que con apresuramiento se hacían inscribir en el número de los condenados a muerte, y entonces seguros de morir por Jesucristo, se adornaban con sus mejores vestidos, comparecían ante los jueces con alegría é intrepidez, les respondían con santo atrevimiento, daban las gracias a sus verdugos, y desde lo alto de la cruz, predicaban y cantaban alabanzas a Dios en medio de las llamas. Se vieron hasta las mismas madres ofrecer a sus hijos a la muerte, y luego pedir para ellas los más grandes suplicios.

Estas admirables maravillas han sido milagros evidentes de la gracia divina, semejantes a los que Dios obró en los mártires de la primitiva Iglesia en confirmación de nuestra fe. Por lo mismo los escritores de la historia eclesiástica y los apologistas de la religión, no vacilarán en presentar, como prueba de la divinidad del catolicismo, la constancia de los mártires del Japón.

La persecución hizo muchos millares de mártires de uno y otro sexo; pero no ha sido posible recoger sobre todos las informaciones jurídicas. Y como los procesos verbales tuvieron que hacerse fuera del Japón, en Manila capital de las Filipinas, en Macao ciudad de China, y en Madrid corte de España, solo pudieron recibirse las deposiciones de los Japoneses desterrados, y de los comerciantes portugueses y españoles. Por otra parte, ellos no habían podido ser testigos oculares, o al menos estar instruidos con ciencia cierta de la muerte de todas estas heroicas víctimas de la fe. Sin embargo, sus deposiciones comprehendían a más de doscientos mártires; y ha sido una particular providencia de Dios, que pudieran reunirse fuera del Japón, más de ochenta testimonios dados, tanto por testigos oculares, como auriculares, que se habían procurado, mientras estuvieron en el Japón, unas relaciones exactas de estas muertes gloriosas. De estos testimonios contenidos en los procesos verbales; de las relaciones auténticas enviadas a Europa desde aquella época, por los obispos del Japón o os administradores de este obispado; de las historias contemporáneas, y especialmente del Padre Daniel Bartoli, es de donde extractaremos, ora palabra por palabra, ora en compendio, las relaciones separadas de los martirios que nos limitamos a publicar para la edificación de los fieles. Fácil cosa seria extenderse sobre la vida, las virtudes y las fatigas de un gran número de estos bienaventurados mártires, sobre todo de los que fueron sacerdotes; pero preferimos ser cortos. Mas si se desea saber mayores pormenores, puede satisfacerse este deseo consultando las voluminosas historias que han escrito Daniel Bartoli, Juan Crasset, Melchor Manzano, Tiburcio Navarro, Francisco Macedo, Jacobo  Aduarte y otros autores.

Vivimos en unos tiempos bien calamitosos para la Iglesia de Jesucristo. La persecución suscitada por sus enemigos, ¿no es, bajo más de un respecto comparable a la de Daifusama y otros emperadores del Japón? ¿No vemos a los impíos combatir de todas maneras a la Iglesia católica y a su fe? Pero no lo dudemos, la fuerza del ejemplo, y la protección eficaz de nuestros mártires servirán a un gran número de cristianos, para mantenerse en guarda contra las emboscadas del impío, y permanecer fieles en la práctica de esta religión, única que nos conduce a la salud eterna.

miércoles, 12 de mayo de 2021

El gobierno premia al cardenal Farina por contribuir a los estudios sobre “los cristianos ocultos”



ASIA/JAPÓN - El gobierno premia al cardenal Farina por contribuir a los estudios sobre “los cristianos ocultos”
martes, 21 mayo 2019

Tokio (Agencia Fides) - El gobierno japonés otorgó al cardenal Raffaele Farina el máximo honor de la Orden del Sol Naciente, la Estrella de Oro y Plata, por su “contribución al fortalecimiento de las relaciones amistosas entre Japón y la Santa Sede”. Entre las razones específicas para el premio otorgado al cardenal salesiano, que es archivista y bibliotecario emérito de la Santa Iglesia Romana, se cita su valiosa contribución “a la reorganización de los documentos históricos del período Edo recogidos por el misionero salesiano padre Mario Marega”, en relación con el período de la prohibición del cristianismo en la región japonesa de Bungo.

El período Edo (1603-1868) es la fase de la historia japonesa en la que la familia Tokugawa tenía el poder político y militar del país. El período Edo estuvo marcado por una política de aislamiento, durante la cual hubo auténticas matanzas de cristianos, especialmente en el área de Nagasaki. Los únicos extranjeros a los que se concedió acceso comercial en Japón en ese momento eran los holandeses, porque desde el barco De Ryp habían atacado el castillo de Hara, donde se habían escondido los cristianos. Durante casi dos siglos los cristianos que sobrevivieron a la persecución continuaron profesando su fe escondidos. Fue la era de kakure kirishitan (los cristianos ocultos). A las personas sospechosas de estar cerca del cristianismo se impusieron a la práctica de los Yefumi, es decir, pisotear el crucifijo o imágenes de la Virgen María.
(GV) (Agencia Fides 5/21/2019).

INDICE Y PROLOGO DEL LIBRO: LOS DOSCIENTOS CINCO MARTIRES DEL JAPON. P. GIUSEPPE BOERO

 


LOS DOSCIENTOS CINCO

 MÁRTIRES DEL JAPON.

 

RELACION DE LA GLORIOSA MUERTE DE LOS MARTIRES, BEATIFICADOS POR EL SUMO PONTIFICE PIO IX, EL DIA 7 DE JULIO DE 1867.

 

Escrita por el R. P. Boero de la Compañía de Jesús, traducida del francés al español, por el R. P. Pablo Antonio del Niño Jesús, Carmelita.

 

MEXICO.

 

Imprenta de J. M. Lara,

 calle de la Palma núm. 4.

1869.

 

 Tomada de internet de Biblioteca Digital Hispánica

 

INDICE.


PROLOGO DEL TRADUCTOR


CAPITULO I.— Persecuciones contra la religión cristiana en e1 Japón; atrocidad de los tormentos, y gran número de mártires

 

CAPITULO II.- Martirio del bienaventurado Pedro de la Asunción, sacerdote de la Orden de San Francisco, y del bienaventurado Juan Bautista Machado de Tavora, sacerdote de la Compañía de Jesús, el 22 de Mayo de 1617.

 

CAPITULO III.- Los bienaventurados Alfonso Navarrete, sacerdote dominico; Fernando de San José, sacerdote agustino, y León Janaca, catequista los de la Compañía de Jesús, I de Junio de 1617.

 

CAPITULO IV. — Los bienaventurados Gaspar Fisegiro, y Andrés Gioxinda, japoneses, el I de Octubre de 1617.

 

CAPITULO V.—El Bienaventurado Juan de Santa Murta, sacerdote del Orden franciscano, decapitado en Meaco e1 16 de Agosto de 1618.

 

CAPITULO VI.— Muerte del bienaventurado Juan de Santo Domingo, sacerdote dominico, en la prisión de Suzuta, e1 19 de marzo de 1619.

 

CAPITULO VII.— Cinco mártires, quemados vivos en Nagasaki e1 18 de Noviembre de 1619.

 

CAPITULO VIII.— Once mártires, decapitados en Nangasaki, e1 27 de Noviembre de 1619.

 

CAPITULO IX.— EI bienaventurado Ambrosio Fernández, jesuita, muerto en la prisión, a consecuencia de los malos tratamientos, e1 día 7 de Enero de 1620.

 

CAPITULO X.— Muere en los suplicios de Nagasaki e1 día 22 de Mayo de 1620, el bienaventurado Matías de Arima, catequista de los Padres de la Compañía de Jesús.

 

CAPITULO XI.— Cinco cristianos crucificados en Cocura, en el reino de Bugen, el día 16 de Agosto de 1620.

 

CAPITULO XII.— El bienaventurado Agustin Ota, jesuita, decapitado el 10 de Agosto de 1622.

 

CAPITULO XIII.— Tres mártires quemados vivos, y otros doce decapitados en Nagasaki el 19 de Agosto de 1622.

 

CAPITULO XIV.- El grande martirio — Veintidós confesores de Jesucristo quemados vivos, y otros treinta decapitados en Nagasaki el 10 de Septiembre  de 1622.

 

CAPITULO  XV.— EI bienaventurado Gaspar Cotenda, catequista de los Padres jesuitas, fue en unión de dos niños, decapitado en Nagasaki el día 11 e Septiembre de 1622.

 

CAPITULO XVI.— Tres religiosos de Santo Domingo, y otros tres de San Francisco, quemados vivos en Omura el 12 de Septiembre de 1622.

 

CAPITULO XVII.— Muerte maravillosa del B. Padre Camilo Constazo de Compañía de Jesús quemado vivo en Firando el 15 de septiembre de 1622.

 

CAPITULO XVIII.- Un confesor de la fe quemado vivo, y otros tres decapitados en Nagasaki, el día 2 de Octubre de 1622.

 

CAPITULO XIX.— EI bienaventurado Padre Pedro Pablo Navarro, jesuita, fue quemado vivo con otros tres en Ximabara, el 1 de  Noviembre de 1622.

 

CAPITULO XX.— Los bienaventurados Padres Francisco Galvez, franciscano, y Gerónimo de Angelis, jesuita, quemados  vivos con el Simon Yempo, en Yendo: el día 4 de Diciembre de 1623.

 

CAIPITULO XXI.— Muerte cruel del B. Padre Jacobo Carvallo, jesuita, belado en el agua el 22  de Febrero de 1624.

 

CAPITULO XXII.— Cinco religiosos de diversas órdenes quemados vivos en Xinabara el 25 Agosto 1624.

 

CAPITULO XXIII . — Cayo de Corea catequista de los Padres jesuitas, quemado vivo en Nagasaki el 15 de Noviembre de 1624.

 

CAPITULO XXIV.- El día 20 de Junio de 1626, son quemados vivos en Nagasaki el B. Padre Francisco Pacheco, y otros Ocho religiosos de la Orden Compañía de Jesús.

 

CAPITULO XXV.— Juli0 12 de 1626.—Muerte de los ocho huéspedes de los Padres Pacheco, Zola y de Torres en Nagasaki. Hecho maravilloso de uno de ellos. Muere la prisión Mancio Araki.

 

CAPITULO XXVI.— EI bienaventurado Padre Luis Beltrán y dos hermanos legos de la Orden de Santo Domingo, quemados en Omura el 29 de Julio de 1627.

 

CAPITULO XXVII.— Siete cristianos quemados y ocho decapitados en Nagasaki el dia 17 de agosto 1627.

 

CAPITULO XXVIII.— Son quemados en Nagasaki, el 7 de Septiembre de 1627, el B. Padre Tomás Tzugi y otros dos seglares.

 

CAPITULO XXIX.- Doce confesores de la fe quemados y diez decapitados en Nagasaki el día 8 de septiembre de 1628.

 

CAPITULO XXX.— Tres terceros de Santo Domingo decapitados en Nagasaki el día 16 de Setiembre de 1628.

 

CAPITULO XXXI.— Miguel Nacaxima, jesuita, recibe la corona de mártir con nuevos y horribles tormentos el 25 de Diciembre 1628.

 

CAPITULO XXXII.— Gran número de mártires sacrificados en cuatro años, entre los que había seis japoneses del Tercer Orden de San Agustín, decapitados el 28 de Septiembre de 1630.

 

CAPITULO XXXIII.- Tres sacerdotes de San Agustín, uno de la Compañía de Jesús, un hermano lego de San Francisco y un sacerdote secular del Tercer Orden de San Agustín, atormentados, primero por las aguas ardientes del Monte Ungen, y después quemados vivos en Nagagaki el día 8 de Septiembre de 1632.

 

CAPITULO XXXIV.- Condición de los doscientos cinco mártires. Destrucción de la cristiandad del Japón. Esperanzas para el porvenir.

 

CAPITULO XXXV.-  Prodigios con que en diferentes épocas Dios ha glorificado a los bienaventurados mártires .

 

CAPITULO XXXVI.- Actas de beatificación.

 

CATALOGO de los doscientos cinco mártires, según el orden de su martirio.

 

APENDICE. Breve compendio de la historia particular de los tres mexicanos: San Felipe de Jesús, y los Beatos Bartolomé Laurel y Bartolomé Gutiérrez, y los demás santos bienaventurados que vivieron en México, por Pablo Antonio del Niño Jesús, carmelita.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

J. M. J.

 

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR.

 

El día 7 de Julio del año de 1867, el inmortal y célebre Pontífice Pio IX, agregó al catálogo de los bienaventurados a doscientos cinco ilustres católicos, que por la confesión pública de su fe, hace dos siglos fueron martirizados y murieron heroicamente en el Japón.

El Breve, en que Su Santidad anuncia al orbe católico esta nueva de grande gozo fue publicado solemnemente en dicho día, con toda la pompa y majestad acostumbrada por la Iglesia Romana, en actos tan remarcables e Importantes. Una copia fiel y verdadera se hallará al fin de esta ligera historia, imprimiéndole el sello de la autenticidad.

¿Qué significa hoy día este acontecimiento? ¿Qué bienes se derivan de él para la sociedad en general? ¿Qué importancia particular puede tener entre nosotros? He aquí tres preguntas que desde luego ocurren, y cuya respuesta será el asunto de mi prólogo. Someramente las satisfaceré, preparando de esta suerte los ánimos cristianos, para que lean y mediten con fruto la relación histórica del triunfo de esos gloriosos mártires, que examinada á la luz de la razón y de la fe, no es otra cosa que la continuación de esa grande y magnífica epopeya cristiana, que comenzó en Jerusalén en la noble y simpática persona de San Esteban diácono, y que terminará en los remotos tiempos cuya noticia se ha reservado Dios.

La beatificación de esos doscientos cinco mártires, entre los que se cuentan religiosos, sacerdotes seculares, hombres de jerarquía elevada, delicadas mujeres, ancianos octogenarios de ambos sexos, bizarros jóvenes y hasta niños tiernísimos que apenas tenían conciencia de su propia existencia, es un nuevo o insoluble argumento de la divinidad de la fe católica, que jamás podrán destruir con sus titánicos esfuerzos esas bellas inteligencias, que llamándose filósofos, o deístas, o racionalistas, se han impuesto la innoble tarea de combatir toda verdad por evidente que sea, y toda doctrina, aun la más hermosa y humanitaria, con tal que lleve el sello del catolicismo. Y dije, que es un nuevo é insoluble argumento, no porque antes de él no hubiera habido semejante, siendo que desde el sacrificio del glorioso Esteban, nuestros mártires se cuentan por millones; sino porque siempre es grato y consolatorio observar que en estos últimos siglos se renueven los milagros de abnegación y de heroísmo que inmortalizaron los primitivos de la Iglesia.

Una doctrina que, por espacio de mil ochocientos años, invariablemente ha producido unos mismos efectos en las cinco partes del globo; que ha inspirado un mismo espíritu a hombres de diversas nacionalidades, de diferentes razas, de distintas condiciones y talentos, de costumbres varias, -y hasta de intereses encontrados; y que por esa uniforme inspiración han sabido sacrificar con gusto cuanto hay de más querido y grato al corazón; esa doctrina no puede menos que ser verdadera, y única celestial. Que los filósofos, que los protestantes en sus centuplicadas ramificaciones, que los racionalistas en fin, nos presenten un hecho semejante en los fastos de la humanidad, fuera de la Iglesia católica, y con solo esto. les concederemos los honores del triunfo. Entre tanto, estamos en nuestro derecho de decir, que se extravían del camino de la verdad; estamos en nuestro derecho de lamentar y de compadecer la ceguedad o mala fe de los que, despreciando la enseñanza católica, corrompen la sinceridad del lenguaje, desnaturalizan los derechos de la verdad, y cerrando voluntariamente los ojos a la luz esplendorosa de la revelación, la combaten con injurias, con odios y cruel persecución.

He aquí, a mi modo de ver, lo que significa la solemne beatificación de esos ínclitos héroes, realizada en este siglo tan sensualista como racionalista. La Providencia Divina por medio de la Iglesia Romana, le recuerda que hay un Dios y una sola religión verdadera; le convida al examen filosófico  concienzudo de la verdad revelada; le invita volver sobre sus pasos, y a gustar las dulzuras de la civilización católica; y por último, le pone en evidencia, porque, o abraza la fe de la Iglesia Romana declarándose vencido, o de lo contrario, se consignará en la historia de los siglos; que el Décimo Noveno no quiso oír, por no verse obligado a obrar bien. ¡Pobre siglo!

Esta conclusión deja ya columbrar los bienes que para la sociedad se derivan de esa solemne beatificación, tan desatendida de los espíritus superficiales y poco observadores. La sociedad, como los indignos, necesita lecciones, necesita ejemplos, necesita estímulos, recompensas y honores; y la sociedad cristiana, la sociedad civilizada por el Evangelio, recoge todos esos bienes de la declaración solemne hecha por el grande Pontífice Romano, mediante la cual consignó en los anales de la Iglesia con caracteres más indelebles que los grabados en el bronce, que doscientos cinco católicos asiáticos, europeos y americanos gozan de la visión beatífica hace más de dos siglos. Los que murieron generosamente en defensa de la revelación y del noble ejercicio de la santa libertad humana; los que amaron a la humanidad al extremo de sacrificarse por civilizarla; los que al morir, con la imperturbable serenidad del justo, hicieron temblar a sus verdugos y confundieron a los tiranos opresores de la humanidad, a los enemigos de la verdad, de la libertad y de la civilización; sin disputas merecen bien ser elevados a los santos altares, y dejarse ver desde tan sublime altura como maestros y ejemplos vivos de la sociedad; merecen bien esa recompensa, esa aureola de honor casi divino que ennoblece sus sienes, y que a un mismo tiempo es un estímulo para la virtud, y un consuelo para todos los corazones trabajados por la adversidad, y heridos por la injusticia de los hombres.

Además, siendo como es, la pasajera adversidad del justo, y la todavía más pasajera prosperidad del impío, una palmaria y tremenda demostración de la vida futura, de esa región eterna, donde se desarrolla en su magnífico conjunto el sistema divino de las penas sin termino, y de las recompensas infinitas, la declaración infalible de la gloria de nuestros santos mártires, angustiados hasta la muerte, viene a levantar el ánimo abatido por la persecución anticristiana; viene a confirmar los fieles en la fe de la Iglesia católica; viene en fin, a destruir ese sombrío argumento de la prosperidad de los malvados que a arece insoluble, y que se presenta con fuerza formidable en los momentos crueles en que el dolor anubla la luz hermosa de nuestra inteligencia.

¿Qué bien más apreciable que la confirmación de las grandes verdades religiosas, que regeneran a la sociedad, y le colocan en un sendero. que indeclinablemente conduce al fin de su alta institución?

Diré todavía dos palabras. La glorificación de los heroicos mártires tiene una importancia de aplicación particular, a los intereses católicos de México. Tal vez algunos publicistas, tal vez algunos novelistas, o folletinistas imberbes se burlen de mi apreciación; esto no me sorprenderá, porque sé muy bien, que a esa clase de sabios, no les es dado computar el valor de aquel grande suceso en sus relaciones religiosas con nuestra sociedad. Pero el hombre de fe, el hombre de ilustrado criterio, que comprende lo que es la solidaridad de los méritos y de las virtudes sociales, el hombre en fin, que haya consagrado algunos momentos de su vida al estudio de la religión y de la filosofía de la historia, confesará que si no han de borrarse de nuestros fastos nacionales los hechos gloriosos de muchos mexicanos, séanlo por adopción o por el nacimiento, México siempre se honrará de haber contribuido con las luces, con los tesoros, y con la sangre de sus hijos, a la obra más bella y más humanitaria... la difusión de la verdad, la propaganda de la civilización católica.

Pues bien. México, allá en sus remotas épocas de fe, aprontó sus tesoros, armando en los puertos del Océano pacífico bajeles que condujeran a las costas del Asia mil evangelizadores de la paz, de los que ha dicho un sabio:

 

"que sin romper ninguno de "los vínculos con que plugo a la Divina Providencia ligar al hombre al suelo que le vio nacer, y respetando religiosamente todas las condiciones que fundan la nacionalidad y la patria, al predicar el Evangelio, iban a enlazar al Nuevo Mundo "con su cuna, dejando en pos de sí nuevos caminos abiertos al cambio de las producciones y de la industria; preparando de esta suerte para un porvenir más o menos lejano, el terreno a las transacciones políticas y comerciales que ligan y unifican los intereses de la humanidad”.

 

Quince de esos nobles apóstoles (después del protomártir mexicano Felipe de Jesús, que años atrás les había señalado el camino de la inmortalidad) pueden llamarse hijos de la patria, aunque no todos hayan nacido en México. Si los bienaventurados Bartolomé Gutiérrez y Bartolomé Laurel, franciscano éste, y agustiniano aquél, nacieron entre nosotros, y la primera luz que vieron, fue la misma hermosísima que nosotros vimos, los trece restantes vivieron en nuestras ciudades, recorrieron nuestras calles y nuestros caminos, nos enseñaron su doctrina, nos edificaron con sus ejemplos, y entonces como hoy, nos hicieron participantes de su gloria. Nacieron en Europa, pero sus virtudes se desarrollaron en México, y amaron a esta patria, siquiera como el valiente veterano ama al suelo en que lució sus armas y conquistó su honor. Esto, ¿significa algo? ¿tiene algún valor digno de la estimación de los hombres que aman la verdad y admiran la virtud?

Si los altos honores del culto decretados en favor de estos héroes, si las virtudes teológicas, morales, y sociales de que son bellísimo modelo, si el acceso fácil que por sus grandes méritos, tienen ante la Majestad de Dios, no son palabras vanas, ni hechos sin relación alguna con la sociedad, ni creencias destituidas de fundamento sólido, México como nación católica, y como patria de los Ínclitos mártires, debe estar santamente enorgullecida de poder presentar en su historia, un número considerable de sus hijos, que honrándole sobre todos lo que honrarle pudieran, cuidarán además de sus destinos religiosos en la presencia del Señor.

Este interés, el principal y más noble a la vez para todo católico, inspiró el saludable designio de publicar los interesantes pormenores de su gran sacrificio, y de renovar la memoria de sus virtudes y su fe, y para esto además de las noticias que nos suministra el honorable escritor europeo en su compendio histórico, cuya traducción ofrezco al público cristiano, en un apéndice ligero añadiré muchas otras dignas de estimación é ignoradas casi generalmente hasta hoy.

Escribiré con verdad, porque mis datos son auténticos, pero con timidez, porque me asiste la conciencia de no poseer los dotes de escritor; escribiré con tristeza, porque la filosofía de la historia me obliga a parangonar tiempos con tiempos, pero esto no impedirá que escriba con satisfacción muy cumplida, porque, séame lícito decirlo, mi corazón católico, mi corazón mexicano, se entusiasma con los triunfos del Evangelio, y con las positivas glorias de su patria. ¡Qué Dios bendiga y fecunde mi pequeño trabajo para bien de la Iglesia de México!

Pablo Antonio del Niño Jesús

Carmelita.