















DECRETOS DE LOS SOBERANOS PONTIFICES
EN TORNO A LA CAUSA DE LOS MARTIRES DEL JAPON,
ALFONSO NAVARRETE OP Y COMPAÑEROS.
I.—Decreto
del Papa Inocencio XI sobre la causa del martirio.
Diciembre
25 de enero de 1687.
Proposito
per Emi. et Reverendiss. D. Card. Azzolinum Ponentem in S. R. Congregatione
ordinaria., seu particulari ex dispensatione apostolica, Dubio: An constet de
martyrio ex parte tyranni in casu et ad effectum de quo agitur, in causa
prædictorum Servorum Dei; eadem S. Congregatio, auditis votis Dominorum
Consultorum in duabus praeteritis Congregationibus habitis die 27 Januarii
1685, et 30 Augusti 1686; audito pariter R. P. Fidei Promotore in voce et in
scriptis, discussoque prædicto Dubio, censuit Constare de martyrio ex parte
tyranni; si SS. Domino nostro placuerit. Dic 25 Januarii 1687.
A
Card. CYBO.
BERNARDINUS
CASALIUS S. R. C. Secretarius.
TRADUCCION LIBRE.
Eminentísimo
y Reverendísimo Cardenal Don Azzolino, Prepósito Ponente en Sacra Congregación
ordinaria, sobre el particular de la dispensación apostólica, en relación a la
Duda: Si constando el testimonio por parte de tiranos, en el caso y para los
efectos, de lo que se trata, escuchados los votos de los señores consultores en
dos congregaciones pasadas, tenidas el día 27 de enero de 1685, y 30 de agosto
de 1686; escuchado el parecer favorable del Reverendo Padre Promotor de la Fe,
a viva voz y por escrito, sobre la discutida Duda antes dicha, consta el martirio
por parte de tiranos; sí le agrada a nuestro Santísimo Señor. Diciembre 25 de
enero de 1687.
A Cardenal Cybo. Bernardino Casalius. R. C Secretario
CAPITULO XXXVI.
ACTAS DE LA BEATIFICACION DE LOS 205 MARTIRES DEL JAPON, ALFONSO NAVARRETE OP Y COMPAÑEROS.
Ya
desde el año de 1623, la Sagrada Congregación de Ritos, habiendo recibido las
relaciones auténticas de las gloriosas muertes de algunos siervos de Dios,
sufridas en odio de la fe, había ordenado al Nuncio apostólico de España en
Madrid, y al administrador del obispado de la China, que tomasen informaciones
jurídicas; y en ejecución de estas órdenes, fueron extendidos en 1624 y 1625,
dos procesos verbales, que contienen las deposiciones de treinta y tres
testigos dignos de fe. Después en 1626, el padre Sebastián Vieira de la
Compañía de Jesús, procurador de la misión del Japón, el mismo que más tarde
murió allí también, atormentado en la fosa ardiente y con el fuego, vino a
Roma, donde fue preguntado, como testigo ocular, sobre las muertes de otros
muchos mártires, acaecidas posteriormente a las precedentes relaciones.
Tan
pronto como los miembros de la Familia Spínola tuvieron noticia de estas, se
dirigieron al cardenal Juan Domingo Spínola, obispo de Luca, rogándole que
promoviese, con cuanto poder tuviera, la causa de su bienaventurado pariente. He
aquí la carta que le escribieron los principales miembros de la Familia de
Locoli, de fecha de Enero de 1627. " El cruel martirio que el Padre Carlos
Spínola, de la Compañía de Jesús, ha sufrido en el Japón, después de una prisión
de muchos años, nos ha inspirado a todos el deseo de dar a este héroe cristiano
alguna señal de un piadoso recuerdo. Y como este hecho glorioso no solo se sabe
por el rumor público, sino que también han sido preguntados algunos testigos en
presencia del Vicario de Su Santidad, nosotros nos tomamos la confianza, en
nombre de toda la familia, de ocurrir a vuestra eminencia, que entre ella ocupa
el primer rango, rogándole que si lo juzga conveniente, emplee todos sus esfuerzos
cerca de Su Santidad, a nombre de todos nosotros, para obtener Letras
remisoriales, en cuya virtud se puedan, por autoridad apostólica, tomar informaciones
auténticas en el Japón y por otras partes. Toda la familia quedará eternamente
reconocida por esta gracia a Nuestro Santo Padre el Papa, y a vuestra eminencia,
a quien saludamos con respeto. Génova, y Enero 1 de 1627. Vuestros obedientes
servidores, Esteban, María y Jacobo Spínola, jefes de la familia de los
Locoli." Los miembros de otra rama de los Spínola escribieron por su parte
en estos términos. "Muchos meses ha que se ha oído decir, y después se ha
confirmado por los Padres de la Compañía de Jesús, que el Padre Carlos Spínola,
de su Orden, enviado al Japón para que cultivase la viña del Señor, después de
sufrir una prisión horrible, recibió la corona del martirio con una muerte tan
cruel como gloriosa; además sabemos, que el Vicario de Su Santidad, y algún
otro tribunal han recibido las informaciones ordinarias. Y como se trata de un
miembro de nuestra familia, cuya vida y admirable muerte pueden glorificar a
Dios, creemos de nuestro deber contribuir a esta obra en cuanto podamos. Por
esta razón suplicamos a vuestra eminencia se digne interponer su autoridad, de
la manera que sea conveniente, ciertos como estamos, que se ocupará con su
piedad acostumbrada, de este negocio que interesa a toda la Familia. Génova,
Enero 2 de 1627. Vuestros humildes servidores, Juan Nicolás Spínola, Leonardo
Spínola, jefes de la familia."
Después
de recibidas estas cartas, el Cardenal, por acto público, nombró al Padre
Virgilio Cepari de la misma Compañía, postulador de la causa, el cual
inmediatamente presentó su memoria, no solo sobre el martirio del venerable
Padre Spinola, sino lambien sobre los otros mártires, y en particular sobre los
de diversas Órdenes religiosas. Entonces el rey de España v los procuradores de
las diversas religiones hicieron nuevas instancias; y en Noviembre de 1627, el
Papa Urbano VIII ordenó que se expidiesen Letras remisoriales al arzobispo de
Manila en las Islas Filipinas, y al obispo del Japón residente en Macao en
China, para que tomasen las informaciones, no solamente sobre. los mártires
contenidos en la memoria propuesta, sino también sobre todos los otros, para
quienes se hallasen testigos.
En
1630 y 632 pudieron ya extenderse cuatro procesos verbales solemnes, uno en
Manila y tres en Macao, firmados por otros sesenta y un testigos que depusieron
sobre la vida y muerte de cada mártir; los que fueron aprobados en Roma como
válidos, y la causa fue discutida en muchas congregaciones. Según el dictamen
del promotor de la fe, se comenzó por examinar la duda de si verdaderamente
constaba del martirio de parte del tirano," y resuelta afirmativamente, fue
confirmada por un decreto del Papa Inocencio XI, expedido en 3 de Febrero de
1676. Mientras que por otra parte se trataba de la duda, respecto del martirio
material y formal de los mismos mártires, la Santa Sede recibía apremiantes súplicas
de la república de Génova, de los reyes de España y Portugal, del emperador
Leopoldo y de la emperatriz Eleonora de Austria. He aquí, entre Otras, una de
las primeras cartas que la república de Génova dirigió al Papa Clemente IX:
"Santísimo Padre: se trata de una causa general, en la que dentro de poco
se presentarán a Vuestra Santidad las actas de la canonización del venerable Carlos
Spínola. Él quiso, eligiendo la mejor parle, sobrepasar la imperecedera gloria
que sus abuelos adquirieron en sus gloriosas empresas por mar y tierra; y por esto,
despreciando todos los atractivos del mundo, se consagró al servicio de Dios en
la Compañía de Jesús, a la edad de veinte años: a los treinta pasó al Japón,
conducido por el deseo de propagar la fe; y allí, después de diversos tormentos
que sufrió por espacio de cuatro años en una muy dura prisión, murió lleno de
virtudes a los cincuenta y ocho de su edad, quemado a fuego lento. Es en gran
manera útil a la república cristiana que se conserve siempre. la memoria de
este hombre, que confirmó con su sangre la divinidad de nuestra fe, pues el ejemplo
de este ilustre mártir excita en los fieles el deseo de caminar sobre sus
huellas. Por esto suplicamos humildemente a Vuestra Santidad, que en virtud de
su autoridad pontificia, inscriba al glorioso mártir Carlos Spínola en el
número de los santos, entre los que, como es de creer, hace ya mucho tiempo que
goza de la felicidad eterna. Esto arrojará un grande esplendor sobre la ilustre
Compañía de Jesús, que con tanta solicitud se emplea en la conversión de los
infieles, y sobre la noble familia Spínola que por muchos títulos nos es querida:
y será también un estímulo especial para nosotros, que respetuosamente besamos
vuestros sagrados pies, y pedimos a Dios os conceda una larga prosperidad.
Génova, Noviembre 22 de 1667. Vuestros muy devotos y muy obedientes hijos, el
Dux y gobernadores de Génova.”
Esta
república hizo más todavía: dirigió otras cartas a Inocencio XI, instándole con
calor por la expedición de la causa. Alejandro VIII quiso definirla, y proceder
sin entrar en la discusión particular de los signos y de los milagros, según la
antigua costumbre de la Iglesia y el común sentir de los Padres y de los
Doctores; Pero la muerte que le arrebató, después de un breve pontificado, no
le permitió tomar sobre este punto el parecer de la Congregación general, que debía
deliberar en su presencia. La causa quedó así en suspenso, y permaneció en el
olvido hasta nuestros días.
La
solemne canonización de los veintiséis mártires del Japón, celebrada en 1862,
revivió la memoria de estos otros ilustres héroes de la fe. Entonces los Padres
Vicente Aquarone, Bernardino de la Gruta de Castro, Nicolás Primavera y José
Boero, postuladores generales de sus Órdenes respectivas de Santo Domingo, San
Francisco, San Agustín y la Compañía de Jesús. suplicaron a Su Santidad Pio IX,
que permitiese recomenzase la causa y que fuese propuesta: “discusión, con el
voto del promotor de la fe, en Congregación diputada al efecto. A estas instancias,
se reunieron las de muchos Cardenales y obispos de Italia, de Francia y de
Inglaterra, las de los Vicarios apostólicos de Mayssour, de Fiam, de sa, de
Sułchen, y en en fin, de la noble familia Spinola. El Santo Padre concedió con
bondad la instancia que se le pedia, y nombró una Congregación particular de
cinco Cardenales, que con los prelados empleados en la Sagrada Congregación, discutiesen
los puntos con cuidado y según las formas judiciales establecidas.
Con
este motivo se suscitó de nuevo la controversia, agitada en otras ocasiones. y que
aún no estaba solucionada, sobre: "si en las causas de los mártires donde
claramente conste del martirio y de sus motivos, es todavía de absoluta necesidad
exigir signos o milagros para proceder a la beatificación.” Se expuso sobre este
punto una corta “Memoria”, en que después de haber establecido los caracteres y
los signos de los que frecuentemente se hace mención en las actas de los se mártires,
se demuestra que era uso muy antiguo de la Iglesia, practicado por más de diez y
seis siglos, dar culto a los mártires sin ningún examen jurídico de los milagros,
cuando las actas de su muerte habían sido reconocidas auténticas. Este uso,
escribe en sus Anales el Cardenal Baronio, nadie lo había introducido en la
primitiva Iglesia sin la autoridad de los Apóstoles, si no se hubiera sabido
que venía de tradición Apostólica.
Además
ésta es la opinión de teólogos y canonistas más notables, y de los autores más
célebres que han escrito en esta materia; y lo es también de los auditores de
la Rota, en las relaciones en causas de los mártires, y al presente, es igualmente
el sentir de la Santa Sede de la Sagrada Congregación, respecto de los mártires
que se han extraído de las catacumbas de Roma, cuyo culto se permite, cuando
por pruebas indubitables consta de su martirio. En fin, como el martirio, según
dicen los Padres, tiene la virtud de perdonar la culpa y la pena, a manera de
un segundo bautismo, y entraña un acto de caridad muy perfecta, de ningún modo
puede dudarse de la gloria del mártir, cuando no queda duda sobre la verdad del
martirio, que es uno de los signos característicos de la Iglesia Católica,
distinto del signo de los milagros.
Estos
motivos y otros más, expuestos ya sucintamente en las antiguas memorias, y de
una manera más amplia en esta vez, fueron examinados con grande atención en dos
sesiones, y después de haber considerado de nuevo las circunstancias
particulares de esta causa, se llegó a la conclusión, que nuestro Santo Padre el
Papa Pío IX se dignó confirmar, publicando el 26 de febrero de 1867, en la Gran
Sala del Colegio Romano, el decreto
siguiente: “Consta del martirio por parte de los mártires, de suerte
que, en el caso presente, se puede proceder a la beatificación; y consta
igualmente la verdad de cuatro de los signos o milagros propuestos, a saber: del
cuarto, del duodécimo, del décimo tercio y décimo cuarto, que son, la prodigiosa
conservación e integridad de los cuerpos y de los vestidos de los venerables Pedro
de la Asunción y Fernando de San José; la prodigiosa conservación e integridad
de un libro manuscrito sacado de las aguas; la prodigiosa salvación de un navío
en un inminente naufragio, y la curación milagrosa de Sor Petronila Orsini,
enferma de un mal caduco.
Ahora
solo restaba preguntar a los Consultores y a otros Cardenales de la Sagrada
Congregación de Ritos, si, asentado esto, se podía proceder con seguridad a la
beatificación solemne. Su respuesta fue afirmativa, sin excepción, y Su Santidad
Pio IX confirmó este parecer por el decreto que publicó el día 30 de Abril de
1867, en la Biblioteca Angélica del convento de San Agustín.
CAPITULO
XXXV.
Prodigios
con que, en diferentes épocas, Dios ha glorificado a los bienaventurados
mártires del Japón Alfonso Navarrete OP, y compañeros.
Vamos
a terminar refiriendo algunos de los milagros que Dios se ha dignado obrar en
honor de nuestros bienaventurados mártires. Verdad es que cuando se trata de
los mártires, los milagros que en ellos deben considerarse son, su constancia en
la confesión de la fe, y su valor en soportar hasta la muerte los más crueles
tormentos. Así lo ha dicho San Eusebio, obispo de Córdova, en su Apologético:
"Verdaderamente es necesario creer que la grandeza de los mártires
consiste, no en los prodigios y milagros, sino en la integridad de la fe y en
la constancia en profesarla." Pero como quiera que sea, Dios se ha
complacido también en honrar a sus siervos mediante los milagros.
Ya
hemos hablado de algunos. Por ejemplo: se vio una muy brillante v extraordinaria
luz, que descendió del cielo y se fijó sobre el lugar del martirio de los Bienaventurados
Pedro de la Asunción y Juan Bautista Machado; sobre los cinco mártires
crucificados en Cocura, y sobre los cincuenta y dos bienaventurados del gran
martirio: hemos dicho que los huesos y las reliquias de los Beatos Fernando de
San José y Pedro de Zúñiga, exhalaban un olor sobrenatural; que muchos enfermos
se aliviaron de sus dolencias al contacto de la tierra humedecida con la sangre
y mezclada con las cenizas del B. Francisco Pacheco v de sus compañeros. También
se ha hablado de la invención y de la incorruptibilidad de los cuerpos de los
beatos Pedro de la Asunción y Fernando de San José, confirmada con una multitud
de testigos oculares.
Y
no solamente en el Japón ha glorificado Dios a sus siervos, sino también en
Europa. En el año de 1671, D. Bernardino Orsocci obtuvo un milagro insigne por
intercesión del B. Angel Orsucci. Navegaba de Viareggio a Liorna con algunos
parientes y más de cincuenta soldados, y después de dos horas de una navegación
feliz, en la tarde del 10 de Agosto se levantó una furiosa tempestad, que iba
en aumento con la noche. El buque era pequeño e incapaz de resistir la
impetuosidad de las olas: en un instante perdió et timón, un mástil y las velas
principales. Con el choque de las enormes olas comenzó a hacer agua por muchas
partes, y no era posible agotarla. El piloto, aterrado, gritó que ya no había esperanza
de salvación: entonces los marineros, lo mismo que los pasajeros, levantaron
los ojos al cielo y llorando, a grandes gritos, invocaron la protección de los
santos; y viéndose perdidos, comenzaron a desnudarse, para arrojarse a nado tan
luego como el buque comenzase a irse a pique: en estas circunstancias, D.
Bernardino Orsucci tuvo la feliz inspiración de decirles: "¿Y por qué no
nos encomendamos al Padre Angel Orsucci? Yo soy su sobrino, y aquí están otros
dos sobrinos suyos, él nos salvará la vida. " Dicho esto, invocó al
bienaventurado con estas precisas palabras: " Padre Angel, ahora es tiempo
de que hagas conocer si sois mártir, y si estás bienaventurado en el cielo.'
Todos los demás se arrodillaron, y después de hacer un acto de contrición, les
impartió D. Bernardino la absolución sacramental, y ellos más bien con sus
lágrimas que con sus palabras, imploraban el socorro del B. mártir: entonces
algunos escucharon en los aires una voz que decía: "No teman, tienen un
buen piloto, que con seguridad los conducirá al puerto." Y al momento, sin
saber cómo, el navío retrocede, y aunque le eran contrarias las corrientes y el
viento, y aunque se había alejado más de ocho millas de la playa, según la deposición
unánime de todos los testigos, como si el navío hubiese sido conducido a mano,
llegó a la playa, sin velas, sin timón, y sin que ni los marineros, ni los
pasajeros hubiesen perdido cosa alguna, mientras que la mar estaba por todas
partes cubierta de tablas y restos de otros navíos, que siendo mucho mejores,
no habían podido resistir a la tempestad. Esta salvación milagrosa fue
confirmada en el proceso verbal apostólico levantado en Luca, por diez testigos
de los de la tripulación, y especialmente por el piloto.
Petronila
Orsini, oblata del monasterio de Torre di Specchi en Roma, hacia quince y más
años que padecía un mal inveterado. Mensualmente y aun con más frecuencia tenía
unas crisis, en las que cayendo en tierra sufría extraordinarias convulsiones y
arrojaba espuma por la boca. Siendo de más de cuarenta años, y la enfermedad
tan antigua, los médicos la declararon incurable, y juzgaron inútiles todos los
remedios. En 1628, el Padre Fabio Spínola, de la Compañía de Jesús, regaló a
Sor Petronila una piadosa imágen del venerable Padre Carlos Spínola,
martirizado pocos años antes en odio de la fe: ella sintió nacer en el fondo de
su corazón una firme confianza de alcanzar la salud por intercesión del siervo
de Dios; en consecuencia, se encomendó a él con todo su corazón, y le prometió
rezar diariamente a honor suyo algunas oraciones. Fue al momento escuchada, y
el mal cesó enteramente hasta su muerte: así lo depusieron en el proceso verbal
apostólico cinco religiosas oblatas del mismo monasterio, además del testimonio
del médico Juan Manelfi, y el del Padre jesuita Nicolás Badelli.
Este
prodigio excitó la confianza de otras dos religiosas benedictinas del convento
de Santa Ana de Roma. La primera, Sor Octavia Bernesi, más de un año sufrió los
más crueles dolores en el pecho, a consecuencia de habérsele introducido
accidentalmente una gruesa aguja y no poder extraerla: se encomendó
fervientemente al venerable Padre Carlos Spínola, y luego la aguja salió por si
sola sin dolor, y aun sin dejarle cicatriz alguna. La otra hermana, Claudia,
conversa, tenía en el estómago un tumor canceroso, no podía retener ningún
alimento, sino que lo deponía todo, con gran cantidad de sangre. Viéndose
reducida a una debilidad extrema, y no esperando remedio de los médicos, invocó
al venerable Padre Spínola, y al momento quedó radicalmente curada.
El
día 18 de Mayo de 1663, la escuadra francesa bombardeaba la ciudad de Génova, y
una bomba con la mecha encendida cayó en la cámara donde estaba D. Felipe
Spínola, conde de Tassarolo. En este conflicto, el piadoso conde se vuelve hacia
el retrato del venerable Padre Spínola, que estaba colgado a la pared, y que le
había enviado de Roma su pariente el Padre Luis Spínola. La bomba reventó con
horrible fragor, y quemó y destruyó en parte lo que había en la cámara; pero ni
el conde, ni la imagen del siervo de Dios recibieron el menor daño. D. Felipe
declaró este hecho bajo la fe del juramento, en un testimonio escrito de mano
de un notario público.
CAPITULO
XXXIV.
Condición
los doscientos cinco mártires. Destrucción de la cristiandad del Japón. Esperanzas
para el porvenir.
En
todo lo antecedente hemos dado, con objeto de edificar a los fieles, las
relaciones sucintas de treinta y dos martirios, según el orden de los tiempos
en que tuvieron lugar, extractadas de memorias auténticas, y de testimonios
confirmados con la fe del juramento. Estas relaciones reunidas contienen los
martirios de doscientos cinco confesores de la fe de Jesucristo, consumados con
diversos géneros de muerte en odio y por la defensa de fe católica. Según el
catálogo presentado a los jueces apostólicos en Manila y en Macao por los
procuradores de las cuatro Ordenes religiosas, pertenecen a los Padres
dominicos, veintiún religiosos sacerdotes, clérigos y legos, y veinticuatro
seculares tanto del Tercer Orden, como sirvientes de los Padres: a la Orden de
San Francisco pertenecen diez y ocho religiosos presbíteros, clérigos y legos,
y once seculares del Tercer Orden; y los ermitaños de San Agustín, cinco
sacerdotes y seis seglares terceros; finalmente, a la Compañía de Jesús,
pertenecen treinta y tres religiosos sacerdotes, escolares y hermanos
coadjutores con siete catequistas y diversos huéspedes y domésticos.
Muchos
otros mártires seculares de los dos sexos no pueden clasificarse así, ni
atribuirlos a quien tenga derecho, porque estos buenos cristianos, deseando
santificarse más y más, se afiliaban sucesivamente en muchas Ordenes y
cofradías como son la del Santo Rosario, del Cinto, de las Sagradas Llagas, y
las Congregaciones en honor de la Virgen Santísima, de San Francisco Javier, de
San Ignacio otras muchas que los misioneros establecían como otras tantas escuelas
de piedad y de perfección cristiana.
Aunque
nuestras relaciones solo lleguen al año de 1632, no por eso hemos de creer que
la persecución cesó en esta época, y que ya no hubo mártires en el Japón. Desde
1633 a 1646, además de cien cristianos seglares, se cuentan siete religiosos de
Santo Domingo, dos de San Francisco, otros dos agustinos, y cuarenta y tres de la
Compañía de Jesús, muertos a fuego lento, o con el tormento horrible de la
tosa. Estos fueron los últimos que permanecieron o que pudieron penetrar al Japón;
pues las intrigas de los holandeses y de los ingleses, tanto los españoles como
los portugueses, fueron excluidos de todo comercio con este país, en virtud de
un edicto de perpetuo destierro. Además, el emperador publicó una ley,
ordenando bajo pena de muerte, a todos los súbditos del imperio, que llevasen
al cuello visiblemente una imagen de cualquier ídolo; y todos los extranjeros,
que no saltasen a tierra en ninguno de sus puertos, sin hollar al momento con
los pies un crucifijo, como una protesta de que nada tenían de común con la ley
y el Dios de los cristianos. De esta suerte quedó cerrada la puerta a los
misioneros católicos, y la cristiandad fue enteramente destruida. ¡Espantoso
ejemplo: y tal vez único en la historia eclesiástica, el de una Iglesia
numerosa, floreciente, y regada con la sangre de muchos mártires, que ha
desaparecido por una secreta y adorable permisión de Dios!
Pero
esa sangre vive, como la semilla arrojada debajo de la tierra, y a su tiempo deberá
germinar y dar sus frutos en abundancia. Si, día llegará para el Japón, como ha
sucedido en el resto del mundo, en que la sangre de tantos centenares de
mártires japoneses y europeos, derramada sobre ese desgraciado país, se
reanime, cuando Dios por los ruegos de sus mártires, incline sobre él sus ojos
misericordiosos, y haga que de nuevo brille en él la luz del Evangelio. Tenemos
ya indicios y hasta puede decirse, pruebas de esta cercana resurrección: de muchas fuentes nos vienen noticias
confirmadas por personas de autoridad, como testigos oculares, de que muchos
japoneses guardan en su corazón los principios de la fe católica, y que aún
conservan el uso del bautismo; que además, tienen siempre en gran veneración el
Santo Monte de los Mártires de Nagasaki, y que en las casas particulares, por
diversas partes se ven algunos signos de la religión cristiana.
Por
otra parte, la solemne canonización de los primeros veintiséis mártires del Japón,
según consta de cartas recientes de los Vicarios apostólicos de Corea y de la
China, ha excitado un movimiento religioso en algunas poblaciones del Japón,
que se han abocado con los misioneros católicos, pidiéndoles con ansia noticias
de Roma y del Vicario de Jesucristo. ¿Qué pues, no hará a su vez esta nueva
glorificación de estos otros mártires, cuya mayor parte se compone de japoneses
de toda condición, de toda edad y todo sexo?
La
causa de estos mártires se había introducido en los tiempos pasados, y
planteado con buen suceso; y estaba tan cerca de una conclusión favorable, que
la ilustre familia Spínola, había preparado en Génova una suntuosa capilla
adornada con los más bellos mármoles para dedicarla al culto del bienaventurado
Carlos Spínola, su pariente. Después no se sabe por qué motivo, esa causa fue
abandonada y cayó en el olvido por cerca de dos siglos; pero resucitada con
celo en estos años últimos, y conducida felizmente a su término, por la
benevolencia del Soberano Pontífice Pio IX, ella será, sin duda como una nueva
luz que disipe las tinieblas de la idolatría en ese desgraciado imperio. No, no
ha sido sin una particular disposición de Dios, que en tan pocos años, y según
todas las fórmulas establecidas, hayan tenido lugar la canonización solemne de veintiséis
mártires del Japón, y la solemne beatificación de otros doscientos cinco
mártires de la misma comarca.
LOS DOSCIENTOS CINCO MÁRTIRES DEL JAPON.
RELACION DE LA GLORIOSA MUERTE DE LOS MARTIRES, BEATIFICADOS POR EL SUMO PONTIFICE PIO IX, EL DIA 7 DE JULIO DE 1867.
CAPITULO
XXVII.
Siete
cristianos quemados y ocho decapitados en Nagasaki, el día 17 de Agosto de 1627.
Aun
no había pasado in mes, cuando el 17 de Agosto, tres religiosos franciscanos y
doce seglares del Japón, unos terceros de San Francisco, y otros de Santo
Domingo, recibieron la palma del martirio. Estos fueron Francisco Curobioie, Cayo
Yemon, que algunos le creyeron natural de Corea; confundiendo, sin duda con
otro Cayo de quien ya hemos hablado; pero más comúnmente y con más razón se asegura
que fue de las Islas Amanguchi; Magdalena Kiota, viuda, de sangre real, de Don
Francisco de Bungo, y Francisca, también viuda, de muy santa vida.
Los
terceros de San Francisco son, Gaspar Vaz y María su mujer, Tomás Vó, Francisco
Cufioie, Lucas Kiemon, Luis Matzuo. Martín Gómez y Migııel Kiraiemon, que fue
familiar de Don Luis Cerqueira, obispo del Japón.
Todos,
cristianos de antigua data y de mucho fervor, ftıeı•on aprehendidos, encarcelados
y condenados a muertes por haber hospedado a los Padres y rehusado a conservar
la vida, renegando de la fe.
Siete fueron quemados vivos, a saber: el B.
Padre Francisco de Santa María, con los hermanos legos Bartolomé y Antonio,
Francisco Cufioie, Gaspar Vaz, Magdalena Kiosa y Francisca; los otros fueron degollados.
Tenemos
algunas noticias más particulares sobre los tres religiosos.
El
B. Padre Francisco de Santa María, nació en España, en la provincia de la
Mancha. Siendo muy joven entró a la Orden de San Francisco realizo su profesión
en la provincia de San José. ordenado de sacerdote é inflamado de celo por la
conversión de las almas, en 1609 partió para las Filipinas, donde permaneció trece
años, ocupado en el ministerio apostólico y en el estudio de los idiomas de
aquellas comarcas. En 1622 penetró en el Japón, estuvo allí cuatro años, en medio
de continuos peligros, hasta que fue aprehendido en casa de Gaspar y Maria Vaz.
Su
compañero, inseparable por muchos años, el bienaventurado Bartolomé Laurel, tomó
el hábito en la flor de su edad, y profesó la regla de San Francisco en México
su patria: siguió luego al B. Padre Francisco de Santa María a Manila, y después
al Japón empleándose, según su clase, en disponer a los fieles para la recepción
de los sacramentos, y a los paganos para que abrazasen la fe: fue para todos un
ejemplar admirable de humildad, de mortificación y de celo.
El
bienaventurado Antonio de San Francisco, japonés, sirvió por mucho tiempo los Padres
franciscanos en el empleo de catequista. No estaba presente cuando fueron aprehendidos
los otros; pero tan luego como lo supo, él mismo se presentó al gobernador, declarando
que era su compañero y que estaba pronto a dar la vida por la defensa de la Fe.
Fue preso, y así consiguió lo que tanto deseaba, tener el consuelo de que le
recibieran en la Orden como hermano lego, y hacer su profesión entes de ser
martirizado (Proceso Apostólico).
´
LOS DOSCIENTOS CINCO MARTIRES.
CAPITULO 1.
Persecuciones contra la religión cristiana en el Japón; atrocidad de los tormentos, y gran número de mártires.
La Iglesia del Japón, aunque de fundación reciente, ha sido una de las más ilustres por los ejemplos que nos ha dado de su inquebrantable constancia en la fe. El Apóstol San Francisco Javier, fue el primero que en 1549, llevó la luz del Evangelio a ese tan apartado imperio. Durante veintisiete meses recorrió las ciudades principales, penetró hasta Meaco su capital, y a través de mil peligros y con fatigas inauditas, logró convertir a la religión cristiana un gran número de prosélitos, cuyo cuidado confió al celo de sus sucesores. Bajo el reinado de Nobunanga, y en los cinco primeros años de Taicosama, tuvo tal incremento el cristianismo, que el número de los fieles diseminados en los diversos reinos de estas islas, ascendió a doscientos mil. Empero Taicosama abrió la era de las persecuciones en 1596. En esta primera persecución general obtuvieron la palma del martirio veintiséis cristianos que murieron crucificados en Nagasaki, el 5 de Febrero del año 1597. (Entre esos mártires figura en primer término el glorioso mexicano San Felipe de Jesús, canonizado por S. S. Pío IX el día 8 de Junio de 1862. N. d. T.). Su muerte fue seguida de algún reposo, de suerte que, según las relaciones de los misioneros de la Compañía de Jesús, en los ocho años siguientes, se convirtieron y fueron bautizados hasta doscientos cuatro mil infieles.
Después de la muerte de Taicosama, Daifusama, tutor de Findeiori, heredero legítimo de la corona, se apoderó del poder, y con el terror de sus armas avasalló a todos los príncipes del Japón. Este emperador no se manifestó de luego a luego enemigo de los cristianos, y hasta parecía que les era favorable; pero desde que se vio sólidamente sentado sobre el trono, se declaró abiertamente su perseguidor. En el año de 1614, después de haber arrojado de su corte, y despojado de sus bienes a los príncipes y señores cristianos, publicó un edicto en todo el Japón, según el cual, inmediatamente debían ser arrasadas las Iglesias, las casas religiosas, los hospitales y otros lugares semejantes; debían ser quemadas las Cruces, las imágenes de los santos, y todos los libros que tratasen de religión. Los ministros del Evangelio eran obligados a salir del país en un término dado; y todos los que profesasen la ley de Jesucristo debían abandonarla, y profesar de nuevo el culto de los dioses del imperio. El que resistiese o fuese contumaz seria condenado irremisiblemente a perder sus bienes y la vida; su casa seria arrasada y destruida su familia. La misma pena se hacía extensiva a todo el que diese asilo a los sacerdotes y a los cristianos, y aun a los que teniendo conocimiento del hecho no le denunciasen. Xongun, su hijo, y Toxongun, su nieto, que uno después de otro le sucedieron, confirmaron estas leyes, y aun añadieron algunas todavía más crueles.
Esta persecución duró más, de treinta años, y terminó por arruinar casi enteramente esta floreciente cristiandad. A medida que los tiranos inventaban los suplicios más bárbaros, los fieles manifestaban un más grande valor para soportarlos. Fue cosa muy común aplastar al mártir a golpes dados con una maza, cortarle las carnes con un hierro ardiendo, suspenderle de una cruz, y hundirle media cabeza. Los verdugos añadían a esto unos increíbles refinamientos de barbarie: arrancaban al paciente con unas tenazas la piel, los miembros, los músculos y los nervios; les cortaban las carnes en muy pequeños fragmentos, con cuchillos sin afilar; hundían desnudos a unos en agua helada hasta que perdían el calor vital, quemaban a otros a fuego lento por espacio de dos o tres horas; a estos se les colgaba de los pies durante muchos días, teniendo la cabeza hundida en una fosa infecta; y a aquellos se les sumergía poco a poco en aguas sulfurosas é hirvientes que corrompían la carne, la llenaban de gusanos, y vivos aun, les convertían en cadáveres.
Pero, a pesar de estos horribles tormentos, los cristianos ofrecían el maravilloso espectáculo de un valor superior a toda prueba. Se les veía prepararse al martirio, considerándose felices si llegaban a sacrificar su vida por la ley de Jesucristo. Y no solamente las clases inferiores y los hombres robustos o valerosos daban estos ejemplos de intrepidez; también los dieron hombres nobles que pertenecían a familias reales, y que habían sido educados en medio de las comodidades y las delicias de la vida; mujeres de avanzada edad, jóvenes delicadas, y hasta los mismos niños.
A la cabeza de esta noble carrera marchaban los ministros de Dios, los predicadores del Evangelio que de Italia, España, Portugal y México habían ido al Japón para ganar almas a Jesucristo, y procurarse después de infinitas fatigas, un tan doloroso martirio. Estos apóstoles pertenecían a las órdenes religiosas de Santo Domingo, de San Francisco, de San Agustín y de la Compañía de Jesús; y entre ellos había muchos que eran singularmente recomendables por la nobleza de su sangre, por su eminente saber, y sobre todo, por el heroísmo de sus virtudes, y por los penosos trabajos de su apostolado. Además, todos, tanto los religiosos como los laicos, mismo los japoneses que los extranjeros, los cristianos, en fin, más o menos antiguos, lejos de espantarse a vista de los tormentos, corrían digámoslo así como a encontrarlos. Se les veía que con apresuramiento se hacían inscribir en el número de los condenados a muerte, y entonces seguros de morir por Jesucristo, se adornaban con sus mejores vestidos, comparecían ante los jueces con alegría é intrepidez, les respondían con santo atrevimiento, daban las gracias a sus verdugos, y desde lo alto de la cruz, predicaban y cantaban alabanzas a Dios en medio de las llamas. Se vieron hasta las mismas madres ofrecer a sus hijos a la muerte, y luego pedir para ellas los más grandes suplicios.
Estas admirables maravillas han sido milagros evidentes de la gracia divina, semejantes a los que Dios obró en los mártires de la primitiva Iglesia en confirmación de nuestra fe. Por lo mismo los escritores de la historia eclesiástica y los apologistas de la religión, no vacilarán en presentar, como prueba de la divinidad del catolicismo, la constancia de los mártires del Japón.
La persecución hizo muchos millares de mártires de uno y otro sexo; pero no ha sido posible recoger sobre todos las informaciones jurídicas. Y como los procesos verbales tuvieron que hacerse fuera del Japón, en Manila capital de las Filipinas, en Macao ciudad de China, y en Madrid corte de España, solo pudieron recibirse las deposiciones de los Japoneses desterrados, y de los comerciantes portugueses y españoles. Por otra parte, ellos no habían podido ser testigos oculares, o al menos estar instruidos con ciencia cierta de la muerte de todas estas heroicas víctimas de la fe. Sin embargo, sus deposiciones comprehendían a más de doscientos mártires; y ha sido una particular providencia de Dios, que pudieran reunirse fuera del Japón, más de ochenta testimonios dados, tanto por testigos oculares, como auriculares, que se habían procurado, mientras estuvieron en el Japón, unas relaciones exactas de estas muertes gloriosas. De estos testimonios contenidos en los procesos verbales; de las relaciones auténticas enviadas a Europa desde aquella época, por los obispos del Japón o os administradores de este obispado; de las historias contemporáneas, y especialmente del Padre Daniel Bartoli, es de donde extractaremos, ora palabra por palabra, ora en compendio, las relaciones separadas de los martirios que nos limitamos a publicar para la edificación de los fieles. Fácil cosa seria extenderse sobre la vida, las virtudes y las fatigas de un gran número de estos bienaventurados mártires, sobre todo de los que fueron sacerdotes; pero preferimos ser cortos. Mas si se desea saber mayores pormenores, puede satisfacerse este deseo consultando las voluminosas historias que han escrito Daniel Bartoli, Juan Crasset, Melchor Manzano, Tiburcio Navarro, Francisco Macedo, Jacobo Aduarte y otros autores.
Vivimos en unos tiempos bien calamitosos para la Iglesia de Jesucristo. La persecución suscitada por sus enemigos, ¿no es, bajo más de un respecto comparable a la de Daifusama y otros emperadores del Japón? ¿No vemos a los impíos combatir de todas maneras a la Iglesia católica y a su fe? Pero no lo dudemos, la fuerza del ejemplo, y la protección eficaz de nuestros mártires servirán a un gran número de cristianos, para mantenerse en guarda contra las emboscadas del impío, y permanecer fieles en la práctica de esta religión, única que nos conduce a la salud eterna.
LOS
DOSCIENTOS CINCO
MÁRTIRES DEL JAPON.
RELACION
DE LA GLORIOSA MUERTE DE LOS MARTIRES, BEATIFICADOS POR EL SUMO PONTIFICE PIO
IX, EL DIA 7 DE JULIO DE 1867.
Escrita
por el R. P. Boero de la Compañía de Jesús, traducida del francés al español,
por el R. P. Pablo Antonio del Niño Jesús, Carmelita.
MEXICO.
Imprenta de J. M. Lara,
calle de la Palma núm. 4.
1869.
INDICE.
PROLOGO DEL TRADUCTOR
CAPITULO I.— Persecuciones
contra la religión cristiana en e1 Japón; atrocidad de los tormentos, y gran
número de mártires
CAPITULO II.- Martirio del
bienaventurado Pedro de la Asunción, sacerdote de la Orden de San Francisco, y
del bienaventurado Juan Bautista Machado de Tavora, sacerdote de la Compañía de
Jesús, el 22 de Mayo de 1617.
CAPITULO III.- Los
bienaventurados Alfonso Navarrete, sacerdote dominico; Fernando de San José, sacerdote
agustino, y León Janaca, catequista los de la Compañía de Jesús, I de Junio de
1617.
CAPITULO IV. — Los
bienaventurados Gaspar Fisegiro, y Andrés Gioxinda, japoneses, el I de Octubre
de 1617.
CAPITULO V.—El Bienaventurado
Juan de Santa Murta, sacerdote del Orden franciscano, decapitado en Meaco e1 16
de Agosto de 1618.
CAPITULO VI.— Muerte del
bienaventurado Juan de Santo Domingo, sacerdote dominico, en la prisión de
Suzuta, e1 19 de marzo de 1619.
CAPITULO VII.— Cinco mártires,
quemados vivos en Nagasaki e1 18 de Noviembre de 1619.
CAPITULO VIII.— Once
mártires, decapitados en Nangasaki, e1 27 de Noviembre de 1619.
CAPITULO IX.— EI
bienaventurado Ambrosio Fernández, jesuita, muerto en la prisión, a consecuencia
de los malos tratamientos, e1 día 7 de Enero de 1620.
CAPITULO X.— Muere en los
suplicios de Nagasaki e1 día 22 de Mayo de 1620, el bienaventurado Matías de
Arima, catequista de los Padres de la Compañía de Jesús.
CAPITULO XI.— Cinco
cristianos crucificados en Cocura, en el reino de Bugen, el día 16 de Agosto de
1620.
CAPITULO XII.— El
bienaventurado Agustin Ota, jesuita, decapitado el 10 de Agosto de 1622.
CAPITULO XIII.— Tres
mártires quemados vivos, y otros doce decapitados en Nagasaki el 19 de Agosto
de 1622.
CAPITULO XIV.- El grande
martirio — Veintidós confesores de Jesucristo quemados vivos, y otros treinta
decapitados en Nagasaki el 10 de Septiembre
de 1622.
CAPITULO XV.— EI bienaventurado Gaspar Cotenda, catequista
de los Padres jesuitas, fue en unión de dos niños, decapitado en Nagasaki el día
11 e Septiembre de 1622.
CAPITULO XVI.— Tres religiosos
de Santo Domingo, y otros tres de San Francisco, quemados vivos en Omura el 12 de
Septiembre de 1622.
CAPITULO XVII.— Muerte
maravillosa del B. Padre Camilo Constazo de Compañía de Jesús quemado vivo en Firando
el 15 de septiembre de 1622.
CAPITULO XVIII.- Un
confesor de la fe quemado vivo, y otros tres decapitados en Nagasaki, el día 2
de Octubre de 1622.
CAPITULO XIX.— EI
bienaventurado Padre Pedro Pablo Navarro, jesuita, fue quemado vivo con otros
tres en Ximabara, el 1 de Noviembre de
1622.
CAPITULO XX.— Los
bienaventurados Padres Francisco Galvez, franciscano, y Gerónimo de Angelis,
jesuita, quemados vivos con el Simon
Yempo, en Yendo: el día 4 de Diciembre de 1623.
CAIPITULO XXI.— Muerte
cruel del B. Padre Jacobo Carvallo, jesuita, belado en el agua el 22 de Febrero de 1624.
CAPITULO XXII.— Cinco
religiosos de diversas órdenes quemados vivos en Xinabara el 25 Agosto 1624.
CAPITULO XXIII . — Cayo de
Corea catequista de los Padres jesuitas, quemado vivo en Nagasaki el 15 de
Noviembre de 1624.
CAPITULO XXIV.- El día 20
de Junio de 1626, son quemados vivos en Nagasaki el B. Padre Francisco Pacheco,
y otros Ocho religiosos de la Orden Compañía de Jesús.
CAPITULO XXV.— Juli0 12
de 1626.—Muerte de los ocho huéspedes de los Padres Pacheco, Zola y de Torres
en Nagasaki. Hecho maravilloso de uno de ellos. Muere la prisión Mancio Araki.
CAPITULO XXVI.— EI bienaventurado
Padre Luis Beltrán y dos hermanos legos de la Orden de Santo Domingo, quemados en
Omura el 29 de Julio de 1627.
CAPITULO XXVII.— Siete cristianos
quemados y ocho decapitados en Nagasaki el dia 17 de agosto 1627.
CAPITULO XXVIII.— Son
quemados en Nagasaki, el 7 de Septiembre de 1627, el B. Padre Tomás Tzugi y otros
dos seglares.
CAPITULO XXIX.- Doce
confesores de la fe quemados y diez decapitados en Nagasaki el día 8 de
septiembre de 1628.
CAPITULO XXX.— Tres terceros
de Santo Domingo decapitados en Nagasaki el día 16 de Setiembre de 1628.
CAPITULO XXXI.— Miguel Nacaxima,
jesuita, recibe la corona de mártir con nuevos y horribles tormentos el 25 de
Diciembre 1628.
CAPITULO XXXII.— Gran número
de mártires sacrificados en cuatro años, entre los que había seis japoneses del
Tercer Orden de San Agustín, decapitados el 28 de Septiembre de 1630.
CAPITULO XXXIII.- Tres sacerdotes
de San Agustín, uno de la Compañía de Jesús, un hermano lego de San Francisco y
un sacerdote secular del Tercer Orden de San Agustín, atormentados, primero por
las aguas ardientes del Monte Ungen, y después quemados vivos en Nagagaki el día
8 de Septiembre de 1632.
CAPITULO XXXIV.- Condición
de los doscientos cinco mártires. Destrucción de la cristiandad del Japón.
Esperanzas para el porvenir.
CAPITULO XXXV.- Prodigios con que en diferentes épocas Dios ha
glorificado a los bienaventurados mártires .
CAPITULO XXXVI.- Actas de
beatificación.
CATALOGO de los
doscientos cinco mártires, según el orden de su martirio.
APENDICE. Breve compendio
de la historia particular de los tres mexicanos: San Felipe de Jesús, y los
Beatos Bartolomé Laurel y Bartolomé Gutiérrez, y los demás santos
bienaventurados que vivieron en México, por Pablo Antonio del Niño Jesús,
carmelita.
J.
M. J.
PRÓLOGO
DEL TRADUCTOR.
El
día 7 de Julio del año de 1867, el inmortal y célebre Pontífice Pio IX, agregó
al catálogo de los bienaventurados a doscientos cinco ilustres católicos, que
por la confesión pública de su fe, hace dos siglos fueron martirizados y
murieron heroicamente en el Japón.
El
Breve, en que Su Santidad anuncia al orbe católico esta nueva de grande gozo fue
publicado solemnemente en dicho día, con toda la pompa y majestad acostumbrada
por la Iglesia Romana, en actos tan remarcables e Importantes. Una copia fiel y
verdadera se hallará al fin de esta ligera historia, imprimiéndole el sello de
la autenticidad.
¿Qué
significa hoy día este acontecimiento? ¿Qué bienes se derivan de él para la
sociedad en general? ¿Qué importancia particular puede tener entre nosotros? He
aquí tres preguntas que desde luego ocurren, y cuya respuesta será el asunto de
mi prólogo. Someramente las satisfaceré, preparando de esta suerte los ánimos cristianos,
para que lean y mediten con fruto la relación histórica del triunfo de esos
gloriosos mártires, que examinada á la luz de la razón y de la fe, no es otra
cosa que la continuación de esa grande y magnífica epopeya cristiana, que
comenzó en Jerusalén en la noble y simpática persona de San Esteban diácono, y
que terminará en los remotos tiempos cuya noticia se ha reservado Dios.
La
beatificación de esos doscientos cinco mártires, entre los que se cuentan
religiosos, sacerdotes seculares, hombres de jerarquía elevada, delicadas
mujeres, ancianos octogenarios de ambos sexos, bizarros jóvenes y hasta niños
tiernísimos que apenas tenían conciencia de su propia existencia, es un nuevo o
insoluble argumento de la divinidad de la fe católica, que jamás podrán
destruir con sus titánicos esfuerzos esas bellas inteligencias, que llamándose
filósofos, o deístas, o racionalistas, se han impuesto la innoble tarea de
combatir toda verdad por evidente que sea, y toda doctrina, aun la más hermosa
y humanitaria, con tal que lleve el sello del catolicismo. Y dije, que es un
nuevo é insoluble argumento, no porque antes de él no hubiera habido semejante,
siendo que desde el sacrificio del glorioso Esteban, nuestros mártires se
cuentan por millones; sino porque siempre es grato y consolatorio observar que
en estos últimos siglos se renueven los milagros de abnegación y de heroísmo
que inmortalizaron los primitivos de la Iglesia.
Una
doctrina que, por espacio de mil ochocientos años, invariablemente ha producido
unos mismos efectos en las cinco partes del globo; que ha inspirado un mismo
espíritu a hombres de diversas nacionalidades, de diferentes razas, de
distintas condiciones y talentos, de costumbres varias, -y hasta de intereses
encontrados; y que por esa uniforme inspiración han sabido sacrificar con gusto
cuanto hay de más querido y grato al corazón; esa doctrina no puede menos que
ser verdadera, y única celestial. Que los filósofos, que los protestantes en
sus centuplicadas ramificaciones, que los racionalistas en fin, nos presenten
un hecho semejante en los fastos de la humanidad, fuera de la Iglesia católica,
y con solo esto. les concederemos los honores del triunfo. Entre tanto, estamos
en nuestro derecho de decir, que se extravían del camino de la verdad; estamos
en nuestro derecho de lamentar y de compadecer la ceguedad o mala fe de los
que, despreciando la enseñanza católica, corrompen la sinceridad del lenguaje,
desnaturalizan los derechos de la verdad, y cerrando voluntariamente los ojos a
la luz esplendorosa de la revelación, la combaten con injurias, con odios y
cruel persecución.
He
aquí, a mi modo de ver, lo que significa la solemne beatificación de esos
ínclitos héroes, realizada en este siglo tan sensualista como racionalista. La
Providencia Divina por medio de la Iglesia Romana, le recuerda que hay un Dios
y una sola religión verdadera; le convida al examen filosófico concienzudo de la verdad revelada; le invita
volver sobre sus pasos, y a gustar las dulzuras de la civilización católica; y
por último, le pone en evidencia, porque, o abraza la fe de la Iglesia Romana
declarándose vencido, o de lo contrario, se consignará en la historia de los
siglos; que el Décimo Noveno no quiso oír, por no verse obligado a obrar bien. ¡Pobre
siglo!
Esta
conclusión deja ya columbrar los bienes que para la sociedad se derivan de esa
solemne beatificación, tan desatendida de los espíritus superficiales y poco
observadores. La sociedad, como los indignos, necesita lecciones, necesita
ejemplos, necesita estímulos, recompensas y honores; y la sociedad cristiana,
la sociedad civilizada por el Evangelio, recoge todos esos bienes de la
declaración solemne hecha por el grande Pontífice Romano, mediante la cual
consignó en los anales de la Iglesia con caracteres más indelebles que los
grabados en el bronce, que doscientos cinco católicos asiáticos, europeos y
americanos gozan de la visión beatífica hace más de dos siglos. Los que
murieron generosamente en defensa de la revelación y del noble ejercicio de la
santa libertad humana; los que amaron a la humanidad al extremo de sacrificarse
por civilizarla; los que al morir, con la imperturbable serenidad del justo,
hicieron temblar a sus verdugos y confundieron a los tiranos opresores de la
humanidad, a los enemigos de la verdad, de la libertad y de la civilización;
sin disputas merecen bien ser elevados a los santos altares, y dejarse ver
desde tan sublime altura como maestros y ejemplos vivos de la sociedad; merecen
bien esa recompensa, esa aureola de honor casi divino que ennoblece sus sienes,
y que a un mismo tiempo es un estímulo para la virtud, y un consuelo para todos
los corazones trabajados por la adversidad, y heridos por la injusticia de los
hombres.
Además,
siendo como es, la pasajera adversidad del justo, y la todavía más pasajera
prosperidad del impío, una palmaria y tremenda demostración de la vida futura,
de esa región eterna, donde se desarrolla en su magnífico conjunto el sistema
divino de las penas sin termino, y de las recompensas infinitas, la declaración
infalible de la gloria de nuestros santos mártires, angustiados hasta la
muerte, viene a levantar el ánimo abatido por la persecución anticristiana;
viene a confirmar los fieles en la fe de la Iglesia católica; viene en fin, a
destruir ese sombrío argumento de la prosperidad de los malvados que a arece
insoluble, y que se presenta con fuerza formidable en los momentos crueles en
que el dolor anubla la luz hermosa de nuestra inteligencia.
¿Qué
bien más apreciable que la confirmación de las grandes verdades religiosas, que
regeneran a la sociedad, y le colocan en un sendero. que indeclinablemente
conduce al fin de su alta institución?
Diré
todavía dos palabras. La glorificación de los heroicos mártires tiene una importancia
de aplicación particular, a los intereses católicos de México. Tal vez algunos
publicistas, tal vez algunos novelistas, o folletinistas imberbes se burlen de
mi apreciación; esto no me sorprenderá, porque sé muy bien, que a esa clase de
sabios, no les es dado computar el valor de aquel grande suceso en sus
relaciones religiosas con nuestra sociedad. Pero el hombre de fe, el hombre de
ilustrado criterio, que comprende lo que es la solidaridad de los méritos y de
las virtudes sociales, el hombre en fin, que haya consagrado algunos momentos
de su vida al estudio de la religión y de la filosofía de la historia,
confesará que si no han de borrarse de nuestros fastos nacionales los hechos
gloriosos de muchos mexicanos, séanlo por adopción o por el nacimiento, México
siempre se honrará de haber contribuido con las luces, con los tesoros, y con
la sangre de sus hijos, a la obra más bella y más humanitaria... la difusión de
la verdad, la propaganda de la civilización católica.
Pues
bien. México, allá en sus remotas épocas de fe, aprontó sus tesoros, armando en
los puertos del Océano pacífico bajeles que condujeran a las costas del Asia
mil evangelizadores de la paz, de los que ha dicho un sabio:
"que
sin romper ninguno de "los vínculos con que plugo a la Divina Providencia
ligar al hombre al suelo que le vio nacer, y respetando religiosamente todas
las condiciones que fundan la nacionalidad y la patria, al predicar el
Evangelio, iban a enlazar al Nuevo Mundo "con su cuna, dejando en pos de
sí nuevos caminos abiertos al cambio de las producciones y de la industria;
preparando de esta suerte para un porvenir más o menos lejano, el terreno a las
transacciones políticas y comerciales que ligan y unifican los intereses de la
humanidad”.
Quince
de esos nobles apóstoles (después del protomártir mexicano Felipe de Jesús, que
años atrás les había señalado el camino de la inmortalidad) pueden llamarse
hijos de la patria, aunque no todos hayan nacido en México. Si los
bienaventurados Bartolomé Gutiérrez y Bartolomé Laurel, franciscano éste, y
agustiniano aquél, nacieron entre nosotros, y la primera luz que vieron, fue la
misma hermosísima que nosotros vimos, los trece restantes vivieron en nuestras
ciudades, recorrieron nuestras calles y nuestros caminos, nos enseñaron su doctrina,
nos edificaron con sus ejemplos, y entonces como hoy, nos hicieron
participantes de su gloria. Nacieron en Europa, pero sus virtudes se desarrollaron
en México, y amaron a esta patria, siquiera como el valiente veterano ama al
suelo en que lució sus armas y conquistó su honor. Esto, ¿significa algo?
¿tiene algún valor digno de la estimación de los hombres que aman la verdad y
admiran la virtud?
Si
los altos honores del culto decretados en favor de estos héroes, si las virtudes
teológicas, morales, y sociales de que son bellísimo modelo, si el acceso fácil
que por sus grandes méritos, tienen ante la Majestad de Dios, no son palabras
vanas, ni hechos sin relación alguna con la sociedad, ni creencias destituidas
de fundamento sólido, México como nación católica, y como patria de los
Ínclitos mártires, debe estar santamente enorgullecida de poder presentar en su
historia, un número considerable de sus hijos, que honrándole sobre todos lo
que honrarle pudieran, cuidarán además de sus destinos religiosos en la
presencia del Señor.
Este
interés, el principal y más noble a la vez para todo católico, inspiró el
saludable designio de publicar los interesantes pormenores de su gran
sacrificio, y de renovar la memoria de sus virtudes y su fe, y para esto además
de las noticias que nos suministra el honorable escritor europeo en su
compendio histórico, cuya traducción ofrezco al público cristiano, en un
apéndice ligero añadiré muchas otras dignas de estimación é ignoradas casi generalmente
hasta hoy.
Escribiré
con verdad, porque mis datos son auténticos, pero con timidez, porque me asiste
la conciencia de no poseer los dotes de escritor; escribiré con tristeza,
porque la filosofía de la historia me obliga a parangonar tiempos con tiempos,
pero esto no impedirá que escriba con satisfacción muy cumplida, porque, séame
lícito decirlo, mi corazón católico, mi corazón mexicano, se entusiasma con los
triunfos del Evangelio, y con las positivas glorias de su patria. ¡Qué Dios bendiga
y fecunde mi pequeño trabajo para bien de la Iglesia de México!
Pablo Antonio del
Niño Jesús
Carmelita.