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miércoles, 17 de septiembre de 2008

LOS MILAGROS REFERIDOS A ESTA CAUSA

A. Las atribuciones de los milagros[1].

Una de las características, que a primera vista surgía al abordar el conocimiento de esta Causa es que se procede a la Beatificación sin la consideración individualizada de milagros o signos para cada uno de los Mártires, pues bastó con la constatación de cuatro de ellos.

Para la canonización es necesario probar la existencia de un milagro atribuido a la intercesión de un determinado siervo de Dios o Beato. Esta atribución ha de ser probada mediante los testigos que deponen de haber recurrido en sus oraciones al Siervo de Dios en cuestión[2].

Benedicto XIV refiere una discusión que tiene lugar en seno de la Congregación de Ritos, entonces competente para las causas de canonización: ¿puede ser atribuido un milagro a la intercesión no de uno, sino de más Siervos de Dios?

El problema se ponía, concretamente, para la beatificación formal no de los mártires, sino de los confesores, en el caso concreto de los Siete Fundadores de la Orden de los Siervos de María[3]. Después de dos decisiones negativas, la primera de Benedicto XIV, el 8 agosto 1744[4], y la segunda de la S. C. de los Ritos, el 14 diciembre 1878, León XIII aprobó, al fin, la discusión de los milagros “que en colectiva invocación a Dios los mismos (Septem Fundatorum) fueron autores”[5]. La canonización tiene lugar el 15 de enero de 1888.

En la exposición del caso, Benedicto XIV señala la praxis de la Santa Sede respecto a los mártires asesinados en el mismo tiempo y lugar y, contrariamente a cuanto se ha dicho para los confesores, viene admitida la posibilidad en este caso de atribuir el milagro a un grupo de candidatos a la beatificación o a la canonización.

Estas son sus palabras: “En causas de Mártires por la misma muerte, en el mismo tiempo, y en la misma causa, bajo el mismo Tirano..., la Beatificación después de aprobados los martirios, y la causa por la cual los martirios fueron obtenidos, sean puestos Milagros conseguidos por la simultánea invocación de todos”. Y agrega que, tratándose de mártires “todos, si son muchos, y simultáneamente fueron invocados, justamente el milagro es adscrito conforme a la praxis de la Sede Apostólica”[6].

Benedicto XIV precisa que el milagro podrá ser atribuido al grupo de mártires asesinados “por la misma muerte, en el mismo tiempo, y en la misma causa, bajo el mismo Tirano”.

Estos argumentos servirán, si bien indirectamente, para destrabar algunas Causas que se encontraban en el caso planteado, entre ellas la nuestra.
[1] J. L. GUTIERREZ, I miracoli nell’apparato probatorio delle cause di canonizzazione. In: Ius Ecclesiae, 10 (1988), pp. 503 - 510.
[2] Cfr. Benedetto XIV, L. IV / 1, cap. 5, n. 23.
[3] Cfr. Benedicto XIV, L. IV / 1, cap. 5, nn. 16 - 25. El culto antiguo de los siete Fundadores, vivido en los siglos XIII - XIV, fue confirmado mediante los decretos del 1º diciembre 1717 para Alessio Falconieri, y del 30 julio 1725 para los otros seis (cfr. Benedetto XIV, L. II, cap. 24, nn. 143 - 145 y 161 - 166). llegandose así a la beatificación llamada equivalente. Para la beatificación formal se necesitava la prueba de la virtud heroica de cada uno de ellos y de los milagros operados por su intercesión.
[4] Cfr. Congregazione delle Cause dei Santi, Fondo de la S. C. dei Riti, Dcr. Scr. Rituum Congregationis ab anno 1742 usque ad annum 1744, fol. 200r - 201v.
[5] S. C. dei Riti, Dcr. del 26 giugno 1884: AAS 17 (1884), p. 96.
[6] “In causis Martyrum eadem morte, eodem tempore, ex eadem causa, sub eodem Tyranno defunctorum (...), Beatificatio post approbatum martyrium, et causam martyrii obtenta fuit, positis miraculis Martyrum simul omnium invocatione consecutis”. Y agrega que, tratándose de mártires “omnibus, si plures sint, et simul fuerint invocati, miraculum juxta Sedis Apostolicae praxim adscribitur” Benedetto XIV, Lib. IV / 1, cap. 5, n. 16. en el sucesivo n. 17 escribe: “fuisse causam propositam plurimorum Martyrum, et statis fuisse pro Beatificatione miracula ad communem eorum invocationem patrata”.
C. Los milagros en la Causa a la que nos referimos:

La Santidad de Nuestro Santo Papa Pío IX se dignó de confirmar, publicando en día 26 de Febrero de este año 1867, en la aula máxima del Colegio romano el Decreto Praeter illos sobre el Martirio material y formal y sobre los signos[1], en el cual definió: Constar del martirio por parte de los Mártires en manera, que, en el caso de los cuales se trata, se pueda proceder a la beatificación: y juntamente constar de la verdad de cuatro signos o milagros[2]; que son el cuarto, el duodécimo, el decimotercero y el decimocuarto de los propuestos[3]; estos son: la prodigiosa conservación e integridad de los cuerpos y de los vestidos de los Bienaventurados Pedro de la Asunción y Fernando de San José: la prodigiosa conservación e integridad de un libro manuscrito de las aguas: la prodigiosa liberación de una nave de inminente naufragio: y la milagrosa curación de Sor Petronila Orsini de la epilepsia.

Verdad es que tratándose de mártires, los verdaderos signos y milagros en ellos son la constancia en la confesión de la fe y la heroica y sobrehumana fortaleza en el sostener hasta la muerte los más atroces tormentos; según esto que escribe ya San Eulogio Obispo de Córdoba: En verdad se puede creer, no en prodigios y portentos, sino en la integridad de la fe y la profesión constante de excelentes y valientes mártires[4].

Sin embargo, el hecho es que a falta de testigos de visu en algunos martirios en la Causa, se exigieron cuatro milagros para proceder a la Beatificación, como pruebas subsidiarias.

Como sea, no faltó Dios, como decimos, de glorificar también en esta parte sus siervos con maravillosas demostraciones, sucedidas antes del martirio, en el martirio, y después de él: y veintiséis de éstas constan ya en la Positio[5].

Los milagros aprobados, sin ser los únicos, son los que siguen:

1. Cuarto: La prodigiosa conservación e integridad de los cuerpos y de los vestidos de los Bienaventurados Pedro de la Asunción y Fernando de San José[6].

Así esplendores y luces extraordinarias fueron vistas descender del cielo y detenerse sobre el lugar del martirio de los beatos Pedro de la Asunción y Juan Bautista Machado; y un olor sobrenatural que exhalaban las reliquias y los huesos de los beatos Fernando de San José y Pedro de Zúñiga.

2. Duodécimo: La prodigiosa conservación e integridad de un libro manuscrito de las aguas[7].

Don Bernardino Orsucci el 30 de octubre del 1670 al regresar de Camaiore a Lucca su patria, había metido sus cosas en dos cestillas sobre una bestia de carga. Entonces sucede, que al pasar un pequeño torrente, dicho la Fredana, que era entonces crecido por las lluvias sobrevenidas, la bestia cae en el agua, y rotas las cuerdas, los dos cestos fueron arrastrados por la corriente. Superada la cosa, Don Bernardino se dolía, no tanto por las cosas, cuanto porque entre éstas había un libreto manuscrito, que contenía la Relación auténtica del martirio del venerable Padre Angel Orsucci su tío, y entre esto había también dos cartas originales del mismo siervo de Dios. Mandó por tanto algunos de sus familiares en busca de las cestas; y ese mismo día obtiene una parte de sus cosas, que encontró en mal estado y dañadas casi enteramente. El solo libro manuscrito, con las dos cartas, habían quedado enteros, sin lesión alguna, ni siquiera estaban mojados los folios; mientras por el contrario los dos breviarios, con los cuales iba unido el libro, bien amarrados y cubiertos de piel, fueron encontrados no solamente dañados, sino reducidos en una masa informe de pasta. Parece en todo prodigiosa la preservación del libro: y así los juzgaron los testimonios, que fueron después examinados con autoridad apostólica por la Curia Episcopal de Lucca; como también por los Cardenales de la Sacra Congregación de los Ritos, que vieron con sus propios ojos los breviarios dañados y el libro entero. Junto a estas Relaciones del martirio decimotercero, dicho el grande, que el libro contenía junto a aquél del martirio primero, segundo y duodécimo.

3. Decimotercero: la prodigiosa liberación de una nave de inminente naufragio[8].

Otro insigne milagro en favor del mismo Don Bernardino y de otros, que estaban con él, operó Dios el año mismo 1671 por intercesión del Beato Pedro Orsucci. Navegaba este Señor con otros parientes suyos y con cincuenta y más soldados de Viareggio para Livorno, y después de dos horas de felicísimo viaje, al caer la tarde del día 10 de agosto rompe en el mar una terrible tempestad, que duró siempre durante toda la noche. La barca era pequeña, y junto a esto no dispuesta en sortear el ímpetu de la tempestad. Perdiendo en un momento el timón, el mástil, la maestra y la fajina; y abierta en más partes al batir de las olas, que hacían altísimas, entrando gran cantidad de agua. Aterrorizado el piloto, gritó no existir más esperanza de salvación: y los marineros y los pasajeros elevando los ojos en alto comenzaron con fuertes gritos y con lágrimas a invocar en su ayuda a los santos del cielo. Y dándose por más perdidos, ya se habían en grande parte despojados de sus vestidos para arrojarse al agua, al primero hundimiento de la nave, en nado, y salvando la vida, si acaso alguno lo lograba. Entonces Don Bernardino Orsucci, inspirado por Dios, dice: “¿Y porque no nos encomendamos al Padre Angel Orsucci, que, siendo mi sobrino y estando aquí con nosotros otros dos de sus parientes, obtendrá de Dios la gracia de salvarnos la vida?”. Esto dicho, lo invocó con estas precisas palabras: “Padre Angel, ahora es tiempo de hacerte conocer si eres mártir y beato en el cielo”. Todos los otros se arrodillaron, y hecho un buen acto de contrición recibieron de Don Bernardino la sacramental absolución; y casi más con lágrimas que con palabras implorando la ayuda de los mártires. En esto varios de ellos escucharon una voz en el aire, la cual dice: “No teman, porque tienen un buen intercesor, que les guiará seguramente al puerto”. Entonces la nave dio vuelta hacia atrás, y con todo que era el mar y el viento por filo contrario, y estar lejana todavía la playa más de ocho millas, en un momento, e inmediatamente, como si fuera transportada en vilo, como deponen concordemente todos los testimonios, sin vela y sin timón, llega milagrosamente a la playa, donde encalló, salvando la vida y las cosas de los marineros y de los pasajeros, mientras todo entorno era lleno de tablas y restos de otras naves, que a pesar de ser mejores no habían podido superar la tempestad. Esta prodigiosa liberación está confirmada en el Proceso Apostólico de Lucca por diez testimonios de vista y de hecho propio, entre los cuales está también el piloto de la nave.

4. Decimocuarto: La milagrosa curación de Sor Petronila Orsini de la epilepsia[9].

Petronila Orsini, religiosa oblata en el monasterio de Torre de Espejos en Roma, sufría de quince y más años de un mal caduco. La asaltaban una y más veces al mes, tirándola en tierra con extrañas convulsiones y con espumas horribles en la boca. Siendo el mal entonces muy antiguo, y la enferma sobre los cuarenta años, había sido calificada de los médicos como incurable, desahuciada y solo tendría remedio por milagro. Habiendo sin embargo Sor Petronila en el 1628 recibido del Padre Fabio Ambrosio Spínola de la Compañía de Jesús una devota imagen del Venerable Carlos Spínola, muerto pocos años antes en odio de la fe, sintió renacer en su corazón una firme confianza de obtener por intercesión del Siervo de Dios la curación deseada. A él por tanto se encomendó de todo corazón, prometiéndole de recitar todos los días en su honor ciertas determinadas oraciones; y sin otra cosa cesó enteramente el mal, jamás, como se ve, fue molestada, como deponen en el Proceso Apostólico cinco Religiosas Oblatas del mismo monasterio, junto a la testimonianza del médico Juan Manelfi, y del Padre Nicolás Baldelli de la Compañía de Jesús.
[1] Idem, p. 15 A. También en ASS 2 (1867), p. 478 - 481.
[2] Los cuales aparecen ya en la Positio Super Miraculis, seu signis, Romae, MDCXCIII. Localizada en el Archivo de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos con el número F 50 / 1.
[3] Propuestos 26 signos o milagros en: F 50 / 3, Segunda Parte, Summarium Signis, pp. 140 - 217.
[4] En apologética para los Mártires Cordobeses.
[5] Idem 125.
[6] F 50 / 1: primera parte, p. 2; segunda parte, pp. 2 - 14; tercera parte, p. 1; y cuarta parte, p. 3. También en: F 50 / 3: primera parte, Pars Secunda, p. 47 - 48; Testes en segunda parte, p. 140; cuarta parte, pp. 14 - 18.
[7] F 50 / 1: primera parte, p. 3; segunda parte, p. 13; tercera parte, p. 2; y cuarta parte, p. 3. También en: F 50 / 3: primera parte, Pars Secunda, pp. 54 - 55; Testes y Recognitio Iudicis en segunda parte, pp. 147 - 159.
[8] F 50 / 1: primera parte, p. 4; segunda parte, pp. 14 - 35; tercera parte, p. 2; y cuarta parte, p. 3. También en: F 50 / 3: primera parte, Pars Secunda, p. 55 - 57; Testes en segunda parte, pp. 159 - 191.
[9] F 50 / 1: primera parte, p. 5; segunda parte, pp. 36, y 41 - 46; tercera parte, p. 3; y cuarta parte, p. 3. También en: F 50 / 3: primera parte, Pars Secunda, p. 57 - 59; Testes en segunda parte, pp. 192 - 203.

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